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‘El hijo de la furia’ (1942)
Mucho se habla de la desaparición o la caducidad de determinados géneros cinematográficos, como hemos hecho en este blog acerca del western, pero nunca se recuerda que ya casi no se ruedan películas de aventuras. También estuvieron en boga en los años cuarenta y cincuenta, pero quedaron aparcadas en cuanto la acción y los efectos especiales ganaron terreno. Eran películas ingenuas, para públicos poco selectos y algo pueriles, pero qué demonios; esas historias de piratas, caballeros, ladrones y princesas eran lo suficientemente entretenidas como para incitarnos a blandir la espada y presentar batalla al primero que nos ofendiera.
Como en el caso de El hijo de la furia, las películas aventureras solían ser vengativas. En este caso tenemos a Benjamin Blake, un joven de la nobleza británica que aspira a recuperar las tierras que su tío Arthur le arrebató a su padre. Para ello ha pasado diez años trabajando como un vulgar siervo, ensillando caballos y limpiando cuadras, suspirando en secreto por su hermosa prima Isabel y trazando sobre plano un viaje hacia Sudamérica para amasar fortuna, regresar y recuperar lo que por derecho le pertenece.
George Sanders siempre tuvo cara de granuja, con esa contundente nariz a lo Depardieu, por lo que encaja perfectamente en el rol del malvado Arthur, que no duda en humillar a su sobrino a base de golpes y latigazos, para que aprenda a quién debe servir; cuando Benjamin se le escape, la tomará con su abuelo Amos Kidder. Chantaje moral: éste hombre no tiene corazón. En cuanto al papel de Benjamin, la Fox se lo adjudicó al enérgico Tyrone Power, ideal para engatusar a las espectadoras y brincar por la pantalla, a pesar de que alguna de sus posturitas cause, a estas alturas, un poco de rubor ajeno.












