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‘El placer’ (1952)
El pasado viernes se estrenó la versión restaurada de la película de Max Ophüls ‘Lola Montes’. A nivel personal me alegró que todavía haya distribuidoras que apuesten por el cine clásico -un suicidio en los tiempos que corren, donde gran parte del público es incapaz de ser educado si no hay efectos especiales o 3D en la pantalla- y hoy estoy aún más alegre porque me he enterado de que el film ha recaudado casi 6.000 euros en las dos únicas salas donde se proyectaba: las Verdi de Madrid y Barcelona. Y eso en un fin de semana donde era imposible competir contra el partido de fútbol entre los dos equipos más peseteros del planeta.
Aunque me sonaba y había leído maravillas sobre la figura de Max Ophüls, ya os dije que no había visto ninguna película suya y que, particularmente, jamás había oído hablar de ‘Lola Montes’. Es lo que tiene centrarse en el cine clásico estadounidense, que muchas veces te olvidas de las producciones europeas. Mea culpa. Así que, haciendo propósito de enmienda, el otro día me dispuse a descubrir a Ophüls de la mano de una de sus teóricas obras maestras: ‘El placer’ (1952). Juro que lo hice con el mayor interés. Puede que no estuviera al cien por cien de mis facultades. Puede que esté tan acostumbrado al cine ‘made in USA’ que me sintiera ajeno a la película. Pero de ‘El placer’ extraje dos conclusiones: una, que Ophüls manejaba la cámara como los ángeles; y dos, que lo que tan bien me explicó el director alemán… me aburrió mortalmente.
‘El placer’ se basa en tres relatos cortos del escritor francés Guy de Maupassant, que relaciona este concepto con la pérdida de la juventud, la lujuria, la inocencia o la muerte. La primera historia -para mí, la más lograda- trata sobre un hombre que acude a un salón de baile de París oculto tras una cámara y se pone a bailar frenéticamente con una chica, hasta que se desmaya y es llevado a casa por el doctor. En la segunda -la más larga y aburrida- se narra el viaje de unas prostitutas que acuden a la primera comunión de la sobrina de Madame Tellier. Y en la tercera, un pintor de éxito se enamora de su modelo, Joséphine (Simone Simon), con funestas consecuencias.












