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5
Abr

‘Encuentro en la noche’ (1952)

Encuentro en la noche

Monterrey -en inglés: Monterey, sin doblar la erre- fue la primera capital del estado de California. Se fundó sobre suelo mexicano, pero Estados Unidos se apropió de ella durante en 1846 y desde entonces ha enarbolado la bandera de las barras y las estrellas. Ahora tiene casi 90.000 habitantes y recibe cuatro millones de turistas al año, atraídos por sus reservas naturales. Pero cuando Fritz Lang y su equipo se trasladaron allí para rodar ‘Encuentro en la noche’ era poco más que un pueblo que sobrevivía de la pesca. De hecho, en unos primeros minutos casi documentales, la cámara de Lang nos enseña la rutina de los pescadores: una lucha diaria contra las olas para capturar toneladas de sardinas que las mujeres introducen en latas de conserva.

La película se basa en una obra de Clifford Odets titulada ‘Clash by night’ que se representó en Broadway a principios de los cuarenta con intérpretes como Lee J. Cobb o Tallulah Bankhead. No tuvo mucho éxito -apenas dos meses en cartel- y quizá por eso tardó casi una década en ser llevada al cine, después de que Hitchcock hubiera hecho lo propio con ‘Encadenados’. La RKO compró los derechos y nombró guionista a Alfred Hayes. La dirección, como ya hemos dicho, corrió a cargo de Fritz Lang; mientras que los papeles principales fueron para Barbara Stanwyck, Paul Douglas, Robert Ryan y Marilyn Monroe.

En cierto modo, ‘Encuentro en la noche’ es el reverso amargo de ‘Marty’. Su protagonista es Jerry D’Amato (Paul Douglas), un pescador que se acerca a la madurez sin haber catado a ninguna mujer. Es feo, huele a sardinas y se ve obligado a cuidar de un tío caradura que le roba dinero y de un padre que, en su senilidad, no hace más que añorar Sicilia y tocar el acordeón. Sin embargo, Jerry lleva todas esas cruces con un talante envidiable. Su corazón es tan grande como su estómago y por ello no le importa prolongar esas relaciones de dependencia, como la que tiene con su amigo Earl (Robert Ryan), el cual le maneja a su antojo, hipnotizándolo con los cuentos que a Jerry le gustaría vivir.

Un día llega a Monterrey Mae Doyle (Barbara Stanwyck). Han pasado diez años desde que se marchó al este en compañía de un millonario que le prometió dejar a su esposa y casarse con ella. Como era de suponer, esto jamás ocurrió. Tras dar tumbos de un lado a otro, tras fumarse miles de cartones de tabaco y beberse cientos de botellas de whisky, tras creer que ya lo sabe todo acerca del amor y de la vida, Mae vuelve a Monterrey para reencontrarse con su hermano Joe (Keith Andes) y la novia de éste, Peggy (Marilyn Monroe).


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2
Mar

‘La mujer del cuadro’ (1944)

La mujer del cuadro

Teníamos pendiente un post sobre ‘La mujer del cuadro’ para cerrar el recuerdo a la actriz Joan Bennett con motivo de su centenario, así que vamos a saldar esa deuda cuanto antes. Estamos ante una de las mejores películas de Bennett; sin embargo, pongo en duda que también lo sea de su director, Fritz Lang. Creo que el vienés cuenta en su filmografía con obras más notables que ‘La mujer del cuadro’, donde recoge de manera soberbia los principales ingredientes de la atmósfera ‘noir’ pero donde también descuida el guión hasta convertirlo en un simple -aunque agradable- pasatiempo. Por eso me parece más interesante la película que cierra esta especie de díptico sobre las ‘femme fatales’, rodada al año siguiente bajo el título de ‘Perversidad’, en la que aparecen prácticamente los mismos actores y actrices protagonistas.

La sinopsis de ‘La mujer del cuadro’ nos traslada hasta una zona acomodada de Nueva York en la que los hombres de bien pegan una patada a sus esposas e hijos en cuanto se les presenta la oportunidad y se reúnen en clubes nocturnos para beber, fumar y charlar de lo divino y de lo humano. Esa es la principal afición del señor Richard Wanley (Edward G. Robinson), un almidonado profesor universitario que hace tiempo que ni siente ni padece, acostumbrado a una vida cómoda, sin sobresaltos pero, lógicamente, sin emoción alguna.

Una noche, al entrar al club, el señor Wanley se queda prendado de la mujer que aparece en el solitario cuadro de un escaparate. Se pregunta quién será la modelo y pierde la noción del tiempo, para mofa de sus colegas. Al cabo de unas horas, abandona el local con el sueño en el cuerpo -y unas cuantas copas- y decide echar un último vistazo a la mujer del cuadro. Mientras lo observa de nuevo con la boca abierta, la modelo real aparece a su lado. Resulta ser una chica ligera de cascos (Joan Bennett) que le convence para seguir la velada en casa. Lo que Wanley no sabe es que la chica tiene un amante que se presentará sin avisar e intentará estrangularle y que no tendrá más remedio que matarlo clavándole unas tijeras.


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27
Feb

Centenario de Joan Bennett

Joan Bennett

Este sábado 27 de febrero -el mismo día en que cumplen años Elizabeth Taylor (78) y Joanne Woodward (80)- celebramos el centenario del nacimiento de una de las grandes actrices del cine negro americano: Joan Bennett. Rubia -aunque la recordemos morena-, delgada, con un rostro ambiguo que denotaba inocencia y falsedad a partes iguales, Bennett supo encarnar con acierto tanto a damas de clase alta como a las vulgares prostitutas de los bajos fondos de Nueva York. Su registro iba más allá del ámbito gestual y poseía una voz que manejaba a su antojo según las exigencias del guión. Toda una estrella del cine clásico a la que vamos a dedicar dos posts: en el primero repasaremos su biografía y, en el segundo, analizaremos una de sus películas más destacadas, ‘La mujer del cuadro’ (1944).

Joan Geraldine Bennett nació en Palisades, New Jersey, en el seno de una exitosa familia de actores teatrales que se remontaba al siglo XVIII. No le faltó de nada en su infancia, ni a ella ni a sus hermanas mayores, una de las cuales -Constance- también se abriría paso en el cine. Joan estudió en importantes colegios de Manhattan y Connecticut para acabar su formación académica en Versalles. Todo un lujo.

Aunque sus padres la introdujeron desde muy pequeña en los círculos artísticos, Bennett no empezó a rodar películas regularmente hasta 1929. Para entonces tenía 19 años y ya se había casado y divorciado de su primer marido, un tal John Marion Fox, que le dio a su hija Diana. Su primer triunfo en la gran pantalla fue como actriz secundaria en ‘Bulldog Drummond’, protagonizada por Ronald Colman. Luego trabajó al lado de Spencer Tracy en ‘She wanted a millionaire’ (1932), donde ya figuró en el primer lugar de los créditos e incluso obligó a detener el rodaje durante seis meses al caerse de un caballo y romperse una pierna. Ese mismo año volvió a casarse, ahora con el guionista y productor Gene Markey; tuvieron otra hija pero el matrimonio tampoco funcionó y se separaron en 1937.

Tras el estreno de ‘Mujercitas’ (1933), donde solo Katharine Hepburn pudo eclipsarla, el productor independiente Walter Wanger se fijó en ella y le ofreció un contrato para mejorar su carrera. Efectivamente, la relación de Bennett con Wanger sería clave tanto dentro como fuera de la pantalla durante las siguientes tres décadas. Gracias a él pudo compartir reparto con Cary Grant en ‘Big brown eyes’ (1936) o participar en los clásicos ‘El hombre de la máscara de hierro’ (1939) y ‘El conde de Monte Cristo’ (1940). Además, Bennett se quedó a un paso de protagonizar ‘Lo que el viento se llevó’; su prueba de cámara impresionó a David O. Selznick, pero a última hora fue desposeída del papel por Vivien Leigh.


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18
Feb

‘Metrópolis’ congrega a dos mil personas en la Puerta de Brandeburgo

Metrópolis

Desde hace unos días se celebra la edición número 60 del Festival de Cine de Berlín, el Oso de Oro de la cual se dará a conocer el próximo domingo. Quienes envían sus crónicas desde allí dicen que, tras unos cuantos años de preocupación por los efectos del cambio climático, la capital alemana vuelve a estar azotada por un frío terrible; de hecho, las temperaturas oscilan entre los cuatro grados centígrados y los tres bajo cero. Con este panorama, organizar una proyección al aire libre de ‘Metrópolis’ parecía una cosa de locos, como ha reconocido el director de la Berlinale, Dieter Kosslick. Pero el caso es que ha salido bien.

Más de dos mil personas se congregaron el pasado viernes frente a la Puerta de Brandeburgo para ver el clásico de Fritz Lang, 83 años después de su estreno. El gancho era que en esta sesión se incluían 30 minutos extras que se temían perdidos para siempre y que fueron encontrados hace dos años en Argentina “por un increíble golpe de suerte”, según reconoció el ministro de Cultura alemán, Bernd Neumann. Además, los espectadores gozaron de música en directo gracias a una orquesta.

La media hora añadida alarga la película hasta los 153 minutos. Al parecer, en su día fue recortada para hacerla menos pesada para el público, sobre todo para el gran mercado de los Estados Unidos. Al parecer también, Fritz Lang no se enteró de nada hasta que fue demasiado tarde y solo pudo exclamar: “Ésta es otra película.” Así pues, su honor queda restablecido… O casi, pues algunas fuentes apuntan a que todavía hay sesenta minutos de metraje en el limbo. Si el anterior hallazgo tuvo lugar en Argentina, no sería extraño que el próximo ocurriera en el altillo de vuestra casa. Yo de vosotros iría a echar un vistazo.

Considerada como la madre de la ciencia ficción, ‘Metrópolis’ fue el primer film que entró en el registro de la Memoria del Mundo de la UNESCO, cuyo objetivo es preservar los valores culturales más importantes de la Humanidad. En su catálogo también se encuentran ‘Los olvidados’ de Luis Buñuel, ‘El mago de Oz’ de Victor Fleming y las primeras películas de los hermanos Lumière.

Vía | Público

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28
Sep

‘El hombre atrapado’ (1941)

El hombre atrapado

Con el título de este post no quiero referirme a la situación actual de Roman Polanski (última hora: Estados Unidos ya ha pedido la extradición, aunque el cineasta va a recurrirla y pueden pasar varios meses hasta que cruce el charco), sino a una película sobre el nazismo dirigida por Fritz Lang en 1941, es decir, en mitad de la Segunda Guerra Mundial. Cuando el film se estrenó, Hitler ya se estaba ensañando con Inglaterra y se acercaba poco a poco a Moscú, pero Japón aún no había atacado la base militar de Pearl Harbor.

La película se basa en la novela de Geoffrey Household Rogue Male y empieza con la imagen que soñaba medio mundo: Adolf Hitler en el punto de mira del rifle de un cazador británico perdido en los bosques de Baviera. Es decir, lo que no se conseguiría ni siquiera desde dentro (con la famosa Operación Valkiria), podría haberlo hecho un simple aficionado a coleccionar animales disecados… De no ser porque su falta de previsión le paraliza y termina siendo apresado por un guarda. Entonces, el capitán Thorndike (Walter Pidgeon) pasa a ser torturado por Quive-Smith (George Sanders), uno de los hombres de confianza del Führer.

Sin duda, el inicio es sorprendente pero no deja de ser ingenuo. Imagino que, tras un hecho como éste, Hitler doblaría la ración de soldados que custodiaban su mansión. El fallo de seguridad es aún más grave cuando nos enteramos de que Thorndike es pariente del importante aristócrata Lord Risborough (Frederick Worlock). Quive-Smith aprovecha esta circunstancia para exigir a Thorndike una confesión: iba a matar a Hitler por orden del gobierno británico. Sería la excusa perfecta para que Alemania empezara a bombardear Inglaterra.


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19
Oct

‘Furia’ (1936)

Spencer Tracy

Obsesionado con la idea de poner el concepto de justicia contra la pared -como ya hiciera en M: el vampiro de Düsseldorf con el asesino pederasta interpretado por Peter Lorre- Fritz Lang inició su etapa americana con una película que cuestiona el papel de los inocentes ciudadanos ante delitos presuntamente evidentes. En Furia, Spencer Tracy da vida a Joe Wilson, un tipo honrado que regenta una gasolinera junto a sus hermanos con el objetivo de ganar dinero para casarse con su novia Katherine (Sylvia Sidney), que se ha marchado a la capital por motivos laborales. Tras un año de sacrificios, Joe reúne el dinero suficiente y emprende la marcha sin saber que no llegará a su destino; la policía le confunde con el secuestrador de una niña, le encarcela para dar ejemplo y el pueblo da rienda suelta a su locura quemando la cárcel. A ojos del mundo, Joe Wilson ha fallecido linchado por la multitud; pero la vida le dará la oportunidad de vengarse.

“La diferencia entre un asesino y un inocente es el control de nuestros impulsos”, afirma uno de los personajes de Furia; en otras palabras, para Fritz Lang todos somos asesinos en potencia. Un linchamiento público supone la excusa perfecta para liberar esos impulsos, porque escondemos nuestra cobardía entre la multitud protectora y anónima. Lang incluye en el film un dato escalofriante: entre 1887 y 1936 hubo más de seis mil linchamientos masivos en los Estados Unidos, de los cuales apenas 800 acabaron en juicio… A pesar de que la Constitución los prohibe y avisa de que los participantes pueden correr la misma suerte que el linchado.


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