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Totó, la perra que se llamaba Terry
Unamos las dos últimas entradas publicadas en Plumas de Caballo para hablar de un personaje importante de Furia y de su autobiografía. La curiosidad es que se trata de una perra: su nombre era Terry, pero todos la recordamos como Totó, fiel escudera de Dorothy en el mágico mundo de Oz. Junto a Lassie o Rin Tin Tin, Terry fue el canino más importante del Hollywood clásico. Nacida en el año 1933, debutó de inmediato en el cine con la romántica Ready for love y, a continuación, se convirtió en la mascota de Shirley Temple en Ojos cariñosos. Después, en 1936, fue pasto de las llamas al quedar atrapada en la celda que compartía con Spencer Tracy en la comentada Furia; una dolorosa pérdida para el protagonista y para los espectadores.
El cenit de la carrera cinematográfica de Terry llegó en 1939 con El mago de Oz. Fue la primera y única vez que apareció en los créditos y cobró un salario de 125 dólares por semana. Antes del rodaje, pasó dos semanas en casa de Judy Garland para estudiar su personaje; después tuvo un grave percance al romperse una pata, pero se recuperó a tiempo de terminar el film. Su propietario, un tal Carl Spitz, aún pudo sacarle partido en Mujeres o George Washington slept here antes de que Terry falleciera, por causas naturales, en 1944, a la edad de 11 años.
Y sí, existe un libro sobre esta famosa perra. Su título es I, Toto: The autobiography of Terry, the dog who was Toto, y fue idea de un cinéfilo llamado Willard Carroll en 2001. Escrito en primera persona, como si la autora fuera la propia Terry, narra las peripecias del rodaje de El mago de Oz y la carrera profesional del chucho, aportando datos sobre cómo eran los entrenamientos a los que se sometía para participar en una película y un centenar de fotografías exclusivas. ¿Se puede ser más freak? Advertimos: sí, se puede.
Vía | Ozmanía
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‘Furia’ (1936)
Obsesionado con la idea de poner el concepto de justicia contra la pared -como ya hiciera en M: el vampiro de Düsseldorf con el asesino pederasta interpretado por Peter Lorre- Fritz Lang inició su etapa americana con una película que cuestiona el papel de los inocentes ciudadanos ante delitos presuntamente evidentes. En Furia, Spencer Tracy da vida a Joe Wilson, un tipo honrado que regenta una gasolinera junto a sus hermanos con el objetivo de ganar dinero para casarse con su novia Katherine (Sylvia Sidney), que se ha marchado a la capital por motivos laborales. Tras un año de sacrificios, Joe reúne el dinero suficiente y emprende la marcha sin saber que no llegará a su destino; la policía le confunde con el secuestrador de una niña, le encarcela para dar ejemplo y el pueblo da rienda suelta a su locura quemando la cárcel. A ojos del mundo, Joe Wilson ha fallecido linchado por la multitud; pero la vida le dará la oportunidad de vengarse.
“La diferencia entre un asesino y un inocente es el control de nuestros impulsos”, afirma uno de los personajes de Furia; en otras palabras, para Fritz Lang todos somos asesinos en potencia. Un linchamiento público supone la excusa perfecta para liberar esos impulsos, porque escondemos nuestra cobardía entre la multitud protectora y anónima. Lang incluye en el film un dato escalofriante: entre 1887 y 1936 hubo más de seis mil linchamientos masivos en los Estados Unidos, de los cuales apenas 800 acabaron en juicio… A pesar de que la Constitución los prohibe y avisa de que los participantes pueden correr la misma suerte que el linchado.




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