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‘La mujer del año’ (1942)
El concepto de química es muy propio del cine clásico. Ahora se usa bastante menos, o esa es la sensación que yo tengo. Quizá porque antes había más parejas que repetían en series de películas y que terminaban siendo naturales para el espectador: Humphrey Bogart y Lauren Bacall, Robert Mitchum y Deborah Kerr, Fred Astaire y Ginger Rogers, etc. La relación -profesional e íntima- entre Spencer Tracy y Katharine Hepburn comenzó en 1942 con ‘La mujer del año’, una irregular comedia romántica dirigida por George Stevens que sirvió para que los tórtolos repitieran en ocho ocasiones más hasta el año 1967.
La leyenda dice que Hepburn tuvo mucho que ver en la génesis de ‘La mujer del año’. Primero se hizo con los derechos de un guión que habían escrito los desconocidos Michael Kanin y Ring Lander Jr., para luego revendérselo a Louis B. Mayer. La actriz no reveló el nombre de los guionistas hasta que Mayer soltó la pasta, seguramente porque de haber sabido que no eran dos figuras, habría negociado a la baja. Y, puestos a pedir, la decisión más sorprendente fue renunciar a su director favorito -George Cukor- porque pensaba que Tracy necesitaría “alguien con quien poder hablar de béisbol”. Así que el elegido fue otro George -Stevens- que ya la había dirigido en ‘Sueños de juventud’ (1935).
Está claro que Hepburn estaba como loca por hacer aquella película y es que, entre otras razones, el papel le iba como anillo al dedo. Su personaje era una periodista llamada Tess Harding, una mujer avanzada a su tiempo que conseguía entrevistarse con políticos de primer nivel, que viajaba continuamente y que contaba con un asistente personal -el relamido Gerald, encarnado por Dan Tobin- para organizar su apretadísima agenda. La señorita Harding está en todas partes, es válida tanto para enviar una crónica desde el frente aliado como para hacer un discurso en una convención feminista; sólo tiene un punto flaco: el periodismo deportivo.
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‘Un lugar en el sol’ (1951)
En 2005, Woody Allen dirigió una de las mejores películas de su extensa filmografía: Match Point. Aquella reflexión sobre las pasiones subterráneas, el bien y el mal, los deberes sociales y la hipocresía de la justicia, mereció sin duda la nominación al Oscar al mejor guión original, aupada por una sensual Scarlett Johansson (en su segunda mejor interpretación tras Lost in translation) y por los fragmentos de ópera de los que se nutría la banda sonora.
Anoche vi Un lugar en el sol por primera vez y la mayor parte del tiempo me recordó a Match Point. La situación, los personajes, el desarrollo de la trama… Con algunos matices, creo que la película de George Stevens tiene muchos puntos en común con la de Woody Allen. Sin embargo, Stevens se basó en la novela de Theodore Dreiser An American tragedy, que ya había sido llevada a la gran panatalla por Josef von Sternbeg en 1931.
Como ocurría en Match Point con Jonathan Rhys Meyers, el protagonista de Un lugar en el sol es un joven apuesto e introvertido que por cuestiones familiares entra a formar parte de la burguesía. Se trata de George Eastman (Montgomery Clift), sobrino del dueño de una multimillonaria marca de bañadores que causan furor en Estados Unidos. Eastman dejará de lado a su religiosa madre para escapar de la pobreza y ascender poco a poco en la compañía de su tío.
Al cabo de unos meses, Eastman inicia una relación con Alice (Shelley Winters), una humilde obrera de su mismo departamento que apenas tiene dinero para pagar el alquiler de su habitación. Su amor es clandestino porque las relaciones entre empleados están prohibidas, pero todo marcha bien hasta que aparece Angela Vickers (Elizabeth Taylor), una bella muchacha de clase alta, amiga de los Eastman, que roba el corazón de George. Y éste, en lugar de cortar por lo sano, alarga la mentira hasta que sucede lo inevitable: cuando quiere desprenderse de Alice, ésta le comunica que está embarazada.




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