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‘Los sobornados’ (1953)
Aunque en el antiguo Plumas de Caballo ya dedicamos un post a ‘Los sobornados’, uno nunca se cansa de ver esta película o de escribir sobre ella, así que recuperamos ahora aquellos comentarios y los ampliamos un poquito más. Dirigida por Fritz Lang en 1953 bajo el título original de ‘The Big Heat’, se basa en un serial que escribió William P. McGivern en las páginas del ‘Saturday Evening Post’ y que fue transformado en guión cinematográfico por Sydney Boehm. El resultado: uno de los ‘film noir’ más violentos e insensibles que se rodaron en los cincuenta, rociado de principio a fin por una atmósfera malsana que, sin embargo, te seduce por completo.
Lo primero que oímos en ‘Los sobornados’ es el disparo de un revólver. Lo primero que vemos, el cadáver de un policía que se acaba de suicidar sobre la mesa de su despacho. El negro tiñe ya la primera secuencia de la película y la mancha no dejará de crecer a lo largo del metraje. El sargento Dave Bannion (Glenn Ford) toma la iniciativa para resolver el caso, pero éste no parece tener muchas complicaciones: el muerto padecía una enfermedad terminal y quiso poner fin a su vida antes que sufrir terriblemente. Pero, cuando Bannion está a punto de dar carpetazo al asunto, el chivatazo de una fulana le abre otras sospechas. La fulana es asesinada tras ser objeto de una tortura inhumana, como atestiguan los ojos de Bannion cuando sale de la sala de autopsias. Sin embargo, los jefes del sargento le instan a que abandone el caso, a que no le dé más vueltas; entonces queda claro que la sangre también salpica al corrupto departamento de policía.
Aunque Glenn Ford no está entre mis actores predilectos (siempre me ha parecido que está varios escalones por debajo de los grandes del género, como Bogart o Mitchum), quizá es el más indicado para encarnar al detective Bannion por ese aire de franqueza y honestidad que transmitía su limpio rostro y su flequillo domado. Pero Fritz Lang no tuvo piedad con su personaje. Lo humanizó tanto como pudo: lo convirtió en un marido ejemplar, que ayudaba en las tareas domésticas, que era simpático y cariñoso con su mujer y que siempre tenía dulces palabras para su hija… para después hacerle sufrir el peor de los martirios posibles y despertar en su interior un irrefrenable sentimiento de venganza.
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Fumar sí es sexy: cinco actrices clásicas lo confirman
Hoy se celebra el Día Mundial Sin Tabaco, una loable iniciativa que pretende mantener viva la lucha contra esa mortal adicción. Las mujeres están siendo las grandes protagonistas de la jornada ya que, según los datos de la Organización Mundial de la Salud, el tabaco mata cada año a más de un millón y medio (de las cuales una tercera parte son fumadoras pasivas). No seré yo quien defienda esta maldita droga; es más, aplaudiré con las orejas el día en que prohíban fumar definitivamente en todos los espacios públicos y en los bares y restaurantes. Pero con este post quiero rebatir el lema de la campaña: “Fumar no es sexy.” Entiendo el objetivo de la frase, pero tengo que reconocer que, para mí, fumar sí es sexy. Lo digo solamente como espectador del cine y de la vida real. Ni fumo, ni me gusta que me tiren el humo a la cara, como me ocurre muchas veces. Pero la imagen en sí de una chica sujetando un cigarro con la comisura de los labios me resulta atractiva. Y en el cine clásico tenemos montones de ejemplos. Así que dedico este post a todas aquellas actrices que supieron camelar al tío bueno de turno hipotecando sus pulmones.
1. Marlene Dietrich (1901-1992): ¿La reina de las actrices fumadoras? Tal vez. Marlene supo sostener como nadie los cigarrillos entre sus dedos índice y corazón, con esas uñas largas que eran uno de sus pocos distintivos de feminidad. Sin duda el tabaco también influyó en el tono grave de su voz, aunque tuvo una vida larga y plena: murió con 90 años. ‘El ángel azul’ (1930), ‘Marruecos’ (1930), ‘Ángel’ (1937) o ‘Sed de mal’ (1958) son algunos de los films en los que podemos verla dándole a la nicotina.
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‘Un secreto de mujer’ (1949)
Nicholas Ray fue uno de los directores que estuvieron en la nómina de la RKO desde finales de los años cuarenta. Sus títulos más emblemáticos aún estaban por llegar, pero ya en la productora de Howard Hugues rodó buenas películas. No fue el caso de Un secreto de mujer, a la que dedicamos la siguiente crítica.
Las protagonistas son Marian (Maureen O’Hara) y Susan (Gloria Grahame). La primera fue una cantante de voz extraordinaria que contrajo laringitis durante una de sus actuaciones y jamás volvió a recuperarse. Para superar el trance, aceptó pulir el diamante en bruto que era la joven Susan, hasta convertirla en la famosa Estrellita. El acompañante de ambas es un cínico pianista llamado Luke Jordan (Melvyn Douglas). Sinopsis que, de lejos, muy de lejos, recuerda a la Eva que aún estaba por desnudarse.
En la primera escena del film, Susan llega disgustada tras una rutinaria actuación radiofónica, se pelea con Marian y se encierra en su habitación. A los pocos minutos, Marian entra en el cuarto y cierra la puerta. Nicholas Ray no deja que veamos nada más. Volvemos al comedor, donde la criada limpia el polvo con total despreocupación. Silencio absoluto. Y de repente, un disparo. La criada sube las escaleras, abre la puerta y ve a Susan tendida en el suelo, con una bala cerca del corazón. Marian ya está llamando a la policía para confesarse. Pero Luke, que llega poco después, está convencido de su inocencia.
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‘Encrucijada de odios’ (1947)
En 1947, Estados Unidos había ganado la guerra pero tenía serios problemas internos. Uno de ellos era qué hacer con la enorme cantidad de soldados depresivos que había dejado el conflicto bélico, gente que había sido adiestrada para el combate y que, de repente, se encontraban sin un objetivo por el que luchar, sin más enemigos que los espejos en los que extraviaban su mirada. El alcohol, el adulterio y la violencia eran soluciones a corto plazo que empeoraban todavía más sus particulares angustias emocionales.
Otro grave problema de la sociedad americana era el antisemitismo, que se había instalado también en Hollywood mediante el siniestro código Hays. Corrían historias alucinantes sobre los judíos, sobre cómo se habían librado de acudir al frente, sobre por qué sus negocios iban viento en popa y sobre sus extrañas relaciones con el diabólico comunismo. Algunos, como Edward Dmytryk, no resistieron la presión y delataron a otros compañeros para escapar de las listas negras.
Éstos son los dos temas fundamentales que trata Encrucijada de odios, si bien hay que resaltar que la novela original no habla del odio hacia los judíos, sino hacia los homosexuales; demasiado para el cuerpo del señor Hays. Protagonizada por los tres Roberts de la RKO (Young, Mitchum y Ryan), la película se desarrolla en clave detectivesca después de que un judío sea asesinado de una paliza brutal. Tres miembros del ejército americano que ahogaban sus penas en un bar son los sospechosos; mención especial para el capitán Mitchell (George Cooper), cuya historia personal es realmente conmovedora.
















