nov
Abraham Lincoln en el cine clásico
El pasado fin de semana se supo que Daniel Day-Lewis interpretará al ex presidente Abraham Lincoln en una película que dirigirá próximamente Steven Spielberg y que se ambientará en la Guerra Civil estadounidense, entre 1861 y 1865. Suena bien.
A partir de esta noticia, un servidor se ha preguntado cuántas veces ha salido Lincoln en pantalla. Una rápida consulta a IMDb nos saca de dudas: será la 246ª ocasión en la que un actor encarne al político yanqui sumando los datos de cine y televisión. Y debe ser el récord, porque me ha dado por mirar a George Washington y sólo ha aparecido en 127 películas. Si alguien se entretiene en mirar todos los demás hasta llegar a Barack Obama (26 veces), que escriba un e-mail a Plumas de Caballo.
El primer actor que se metió en la piel de Lincoln en el cine fue Charles Brabin en ‘His First Comission’ (1911), pero el que realmente tuvo éxito durante la etapa muda fue Benjamin Chapin, un tipo que guardaba un parecido increíble con el difunto, al que encarnó 14 veces entre 1917 y 1918. Por desgracia, murió joven, a los 45 años. Ralph Ince y Francis Ford le hicieron la competencia.
Walter Huston, uno de los mejores actores secundarios de los años treinta y cuarenta, interpretó a Lincoln en tres películas en momentos diferentes de su carrera: ‘Two Americans’ (1929), ‘Abraham Lincoln’ (1930) y ‘The Battle of China’ (1944). A la gran mayoría también le sonarán John Carradine (‘Of Human Hearts’, 1938) y Raymond Massey (‘Lincoln en Illinois’, 1940; ‘La conquista del oeste’, 1962). Pero quizá el más recordado sea Henry Fonda, que dio vida al ex presidente en ‘El joven Lincoln’ de John Ford (1939).
Estaría bien que Daniel Day-Lewis, aunque tiene mucho talento, repasara todas estas interpretaciones antes de ponerse a las órdenes de Spielberg…
Vía | Yahoo!
oct
‘Jezabel’ (1938)
A finales de 1933, el teatro Ethel Barrymore de Broadway acogió el estreno de un melodrama sureño titulado ‘Jezabel’. Fue un verdadero fracaso: sólo se hicieron 32 representaciones y fue cancelada al cabo de un mes. Por eso la Warner no tuvo muchos problemas para hacerse con los derechos de autor, que hasta entonces correspondían a Owen Davis, un dramaturgo estadounidense que había ganado el Pulitzer en 1923 con ‘Icebound’. En el proceso de conversión a película participaron tres guionistas: Clements Ripley, Abem Finkel y un joven John Huston, éste último por petición expresa del director, William Wyler. El presupuesto fue de 1,25 millones dólares.
En cuanto al reparto, durante muchos años ha circulado la leyenda de que Bette Davis se hizo con el papel protagonista como compensación por haber sido descartada para ser la Scarlett O’Hara de ‘Lo que el viento se llevó’. Una rápida consulta a las fechas de producción de ambas películas demuestra que el casting de ‘Lo que el viento se llevó’ empezó después de que finalizara el rodaje de ‘Jezabel’, así que la leyenda se queda en eso. Lo cierto es que cuesta mucho imaginar a otra actriz que hubiera clavado tan bien a su personaje, la egoísta y audaz Julie Marsden. A Bette Davis le iba como anillo al dedo encarnar a esta mujer frustrada por las estúpidas convenciones sociales de la aristocracia de Nueva Orleans y demasiado orgullosa como para pedir perdón. Su controlada afectación y su gran naturalidad hicieron que Julie Marsden se sumara, con el paso del tiempo, a su impresionante hoja de servicios… además de proporcionarle su segundo Oscar.
Para encontrar el significado de ‘Jezabel’ hay que remitirse a la Biblia: “Fue la mujer que hizo el mal ante los ojos de Dios”, como dice Belle, la tía de Julie (Fay Bainter en un papel con más profundidad de lo que parece pero que fue premiado con un exagerado Oscar a la Mejor Actriz de Reparto). Y aún habría otra resonancia bíblica en la localización y los años en que se desarrolla la historia, ya que la Nueva Orleans de mediados del siglo XIX tuvo su propia plaga: la fiebre amarilla. Gran parte de la población murió o fue desterrada por culpa de esta enfermedad, a su vez provocada por la insalubridad de las calles y la falta de higiene de sus habitantes. Unos cuantos vuelos de cámara bastan para que Wyler nos convenza de que aquella Nueva Orleans era un montón de mierda en sentido literal. Las moscas bien podrían ser los estirados miembros de la clase alta que huyen al campo cuando la fiebre se extiende por la zona urbana.
abr
’12 hombres sin piedad’ (1957)
Si eres de los que ha salido del cine alguna vez preguntándote “¿y si hubiera sucedido esto…?” o “¿por qué no hizo lo otro…?”, seguro que entre tus películas favoritas se encuentra ’12 hombres sin piedad’ (1957). Dirigido por Sidney Lumet a partir de un guión de Reginald Rose, el film es un gran interrogante en sí mismo, una crítica nada disimulada al sistema judicial estadounidense -en concreto, a la pena de muerte- y un saludable ejercicio neuronal que triunfa sin paliativos precisamente porque, aun poniendo todas las cartas sobre la mesa, no ofrece una respuesta definitiva; de hecho, rizando el rizo, el espectador llega a preguntarse si existen las respuestas definitivas.
Los doce hombres a los que hace referencia el título son los componentes de un jurado popular que tiene la misión de dictar la sentencia de lo que parece ser un caso claro de asesinato. La acción arranca justo cuando termina el juicio; poco a poco iremos sabiendo que el acusado es un chaval de 18 años que, al parecer, ha matado a su padre clavándole una navaja en el pecho. Ni siquiera el abogado defensor ha sido capaz de sacar la cara por el muchacho, así que el jurado tiene muy claro que se le debe declarar culpable y mandarlo a la silla eléctrica. Pero antes de que los doce hombres pasen a una sala privada para redactar el veredicto, el juez -un juez desganado, viva imagen de la pesada burocracia- les recuerda que hay una vida en juego y que, si albergan una sola duda razonable por la cual no quede clara su culpabilidad, deben exponerla.
Mientras toma asiento en la sala e intenta evadirse del calor sofocante, el miembro número 8 del jurado (Henry Fonda) recuerda las palabras del juez. El chico parece culpable, sí, pero… ¿se puede estar seguro de ello al cien por cien? ¿Se han contemplado todas las posibilidades? El miembro número 8 considera que no se puede dictar una sentencia de muerte sin ver el caso desde todos los ángulos. La duda se instala en su cabeza y, poco a poco, arrastrará consigo a los demás miembros del jurado. El número 8 -no conocemos su verdadero nombre hasta la última frase de la película- no quiere demostrar que el acusado es inocente, sino que hay dudas razonables que impiden condenarlo. Y esa -creo yo- es la grandeza de esta película: que aunque el número 8 decante la balanza hacia su lado, nunca estaremos convencidos del todo de que es él quien lleva razón; porque todos los argumentos que él rebate también se pueden rebatir; y así, sucesivamente.
mar
Ciclo Cara de Poker: ‘El destino también juega’ (1966)
Si en el primer capítulo de nuestro ciclo describimos las angustiosas timbas de ‘El hombre del brazo de oro’, ahora nos centramos en una película que es una gran partida de poker del primer al último minuto. ‘El destino también juega’ fue dirigida por Fielder Cook en 1966 a partir de un guión de Sidney Carroll y contó con un extraordinario reparto en el que figuraban curtidos rostros del western como Jason Robards, Charles Bickford o Paul Ford, y dos estrellas de primer nivel como Joanne Woodward y Henry Fonda.
El ritmo inicial de la película es trepidante. Vemos a Charles Bickford vestido de enterrador, conduciendo una diligencia fúnebre a toda velocidad por las Grandes Llanuras. De vez en cuando se detiene para recoger a otro hombre, lo sube al carro y prosiguen la marcha. Así hasta llegar a Laredo, donde descubrimos qué tienen estos hombres en común: los cinco son unos artistas en jugar al poker en Texas. Se reúnen una vez al año para desplumarse los unos a los otros mientras los borrachos del bar mantienen el alma en vilo.
Dado que es un western con mucha comedia, los estereotipos de cada jugador son divertidos. Henry Drummond (Robards) es el favorito, seguro de sí mismo, enérgico y nervioso. Benson Tropp, el enterrador Bickford, proyecta una imagen lúgubre reforzada por su misoginia. Otto Habershaw (Kevin McCarthy) es un cínico guaperas que aparenta tener sentimientos. Dennis Wilcox (Robert Middleton) es un gordo bravucón que defiende las reglas del Viejo Oeste. Y Jesse Buford (John Qualen), un tímido jugador que no se fía ni de su sombra.
jun
‘Corazones indomables’ (1939)
No sé si existe en la historia del cine un caso similar al de John Ford, capaz de hacer películas como churros y que la mayoría de ellas rocen la excelencia. Valga como ejemplo que, en 1939, Ford terminó el rodaje de La diligencia, para luego ponerse con El joven Lincoln y seguir con el film que nos ocupa, Corazones indomables. Las dos últimas pertenecen a un primer ciclo con Henry Fonda que se cerraría a principios de 1940 con Las uvas de la ira. Vamos, que Ford concentró en año y medio lo que otros directores no han sido capaces de reunir en toda su carrera. Un genio y una mina de oro para la Fox.
Corazones indomables es una recreación a pequeña escala de la Guerra de la Independencia de 1776, cuando los americanos se liberaron de la opresión británica y empezaron a construir la nación más poderosa del mundo. Ford, basándose en la novela de Walter D. Edmonds, quiso realizar su particular homenaje al valle de Mohawk, un enclave fronterizo que resistió por sí mismo hasta la llegada de las tropas del general George Washington. Para ayudarle en su tarea, la Fox contrató a Ray Rennahan y Bert Glennon, que aprovecharon al máximo las posibilidades del Technicolor, e incluso sufragó la búsqueda de vestuario y armas de la época que habían ido a parar a la lejana Etiopía.
Henry Fonda es Gil Martin, un joven campesino que conquista el corazón de una mujer de ciudad, la estirada Lana (Claudette Colbert), hasta el punto de convencerla para casarse y establecerse en una humilde cabaña de los bosques de Mohawk. Tras darse cuenta de que ese tipo de vida es demasiado duro para ella, Lana consigue adaptarse y ayuda a su marido a la resistencia frente a los indios, que son pagados por los británicos para expulsarles del lugar, bajo la mirada con parche del inquietante Caldwell (John Carradine).
abr
‘Incidente en Ox-Bow’ (1943)
La historia ha demostrado que las leyendas del Lejano Oeste son, casi siempre, falsas. Un mito que el cine se empeñó en expandir durante la primera mitad del siglo XX, creando un género que dio lugar a grandiosas películas, sin que por ello se cimenten en una base real. Basta con revisar las estadísticas de muerte por arma de fuego en la época de los cowboys para comprobar que el Oeste de los Estados Unidos no era tan salvaje como lo pintaban.
Lo que sí estaba más a la orden del día, tanto en las polvorientas calles de Texas como en el corazón de Nueva York, eran los linchamientos. Al hablar de Furia, de Fritz Lang, ya dijimos que entre 1887 y 1936 se produjeron seis mil ataques contra individuos que presuntamente habían cometido un crimen, de los cuales apenas 800 terminaron en juicios contra la vengativa multitud.
Este viejo problema del ojo por ojo motivó al escritor Walter Van Tilburg Clark a publicar una novela titulada Incidente en Ox-Bow. En ella, un grupo de violentos vecinos persigue a los supuestos ladrones de una partida de ganado que, en su huída, habrían asesinado al dueño de las reses. Coroneles resentidos por la reciente Guerra Civil, vaqueros desocupados, mujeres dominantes y hombres pusilánimes emprenden una caza suicida por las frías montañas de Nevada, hasta que topan con tres individuos a los que reconocen inmediatamente como los criminales. Cualquier indicio de culpabilidad, sea o no contrastado, es utilizado en su contra. La cuestión es sentir el placer de tomarse la justicia por su mano.
nov
‘El fugitivo’ (1947)
Por lo general, cuando quiero ver una película intento no saber nada de ella hasta que me siento frente a la pantalla. Y eso provoca que, a veces, me lleve sorpresas. Es lo que me ha ocurrido con El fugitivo. La carátula del DVD ofrecía una imagen evocadora de Henry Fonda, sin duda el hombre al que se refiere el título; junto a él, una Dolores del Río que parecía mirarle con ojos golosos; y en la butaca de director, John Ford. Mi conclusión: película de acción, western, convicto escapando de la justicia. En diez minutos me he dado cuenta del error.
La película empieza en una iglesia casi en ruinas. Claroscuros, música celestial; llegada de Henry Fonda, al abrir las puertas su silueta forma una cruz en los adoquines: es un sacerdote. Su rostro suplica piedad al Altísimo. A continuación, encuentro místico con Dolores del Río, alias María Dolores, bebé en brazos incluido. Ese cura es su salvador. No queda otro en todo el país; la revolución -mexicana, aunque un mensaje sobreimpresionado intente no herir suceptibilidades- está acabando con ellos. De ahí que sea un fugitivo.
Basado en la novela El poder y la gloria, de Graham Greene, El fugitivo es uno de los films más personales de Ford; de hecho, lo financió con el dinero de su recién inaugurada productora, Argosy Pictures (comandada por él y Merian C. Cooper). Ford era consciente de que la historia no atraería al público, pero sentía la necesidad de rodar una historia alejada de su filmografía habitual y siempre se mostraría orgulloso de ella. El dilema moral al que se enfrenta el protagonista -un Henry Fonda magnífico, tan temeroso de Dios como de su propia cobardía- atrajo al director de tal manera que tampoco le importaron mucho los ataques de la crítica.
nov
Clanes de cine: los Fonda
Tras dar buena cuenta de los Barrymore, el segundo capítulo de la serie Clanes de cine está dedicado a otra familia ilustre: los Fonda. Los archivos nos llevan hasta la Edad Media, pues las personas aquí citadas son de ascendencia genovesa. Los primeros Fonda llegaron a Estados Unidos en el siglo XVII, previo paso por los Países Bajos, y se establecieron en algún lugar del actual estado de Nueva York; hasta que unos indios mataron al patriarca, lo que motivó a la familia a emigrar a Nebraska hacia el año 1800. Y un siglo después, se inició la saga cinematográfica. Éste es el resultado…
Henry Fonda (el abuelo, 1905-1982)
Actor de un talento impresionante, con una triste mirada de ojos azules que el público descubrió con la llegada del cine en color. Rodó decenas de westerns, en los que se movía con aires felinos, y podía ser un ingenuo defensor de la justicia o el peor rufián que hayas conocido. Nominado tres veces al Oscar -la primera vez por su conmovedor rol de Tom Joad en Las uvas de la ira-, no se hizo con la estatuilla hasta el año de su muerte, gracias a En el estanque dorado, donde compartió reparto e hizo las paces con su hija Jane.
Jane Fonda (la hija, 1937- )
Los más jóvenes la conocimos como la reina del aerobic en los ochenta y la probadora oficial cremas antiarrugas. Antes de eso, ganó dos Oscar con Klute (1971) y El regreso (1978), y fue nominada en otras cinco ocasiones. Mantuvo una relación inestable con su padre de la que se redimió en el último momento. También en la gran pantalla encarnó a mujeres sentimentalmente inestables, amén de enseñar gran parte de su delgado cuerpo en Barbarella, la Venus del espacio. En la actualidad está semirretirada, pero de vez en cuando se deja caer en comedias románticas: hay que presumir de cutis.
oct
Henry Fonda vs. Charles Bronson: duelo a muerte con Morricone de fondo
La escena que hoy os ofrecemos es el punto culminante del western Hasta que llegó su hora (1968), dirigido por Sergio Leone. En ella, Henry Fonda y Charles Bronson dirimen sus diferencias a punta de pistola, con un flash-back explicativo que aclara todas las incógnitas surgidas durante las tres horas de metraje. Así que, si no habéis visto el film o pensáis hacerlo, quizá sería mejor no darle al “play”. Los demás, disfrutad de esta secuencia; no sólo a nivel visual, sino también con la banda sonora creada por Ennio Morricone, elegíaca y magnífica, un auténtico regalo para los oídos.











(3 votos, Promedio: 4.33 de 5) 







