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‘Valor de ley’ (1969)
Del aluvión de remakes de películas clásicas que nos esperan en los próximos meses, hay una que destaca especialmente por el apellido de sus directores: los hermanos Coen. Sólo por el hecho de habernos regalado obras maestras como ‘Fargo’ (1996), ‘El gran Lebowski’ (1998) o ‘No es país para viejos’ (2007), merece la pena confiar en lo que hayan podido hacer con ‘Valor de ley’, uno de los westerns crepusculares de John Wayne. En la nueva versión será el genial Jeff Bridges quien asuma el papel protagonista, secundado por Matt Damon, Josh Brolin y Hailee Steinfeld.
Los biógrafos de Wayne aseguran que el actor quiso comprar los derechos de la novela de Charles Portis en cuanto tuvo la ocasión de leerla. Sin embargo, Hal B. Wallis y Joseph H. Hazen se le adelantaron y no tuvo más remedio que conformarse con encarnar al antihéroe de la historia, un marshall gordo, sucio, grosero y tuerto llamado Rooster Cogburn. En el afán de Wayne por interpretar este papel había un claro sentimiento de empatía: Rooster, como él, era pragmático por naturaleza y defendía que el fin justificaba los medios.
Pero Charles Portis había incluido en la novela a un personaje que no tenía miedo a Rooster, que se enfrentaba a él con el uso de la razón, que era valiente y decidido. El personaje era una rebelde niña de 14 años: Mattie Ross. Es ella quien acude a Rooster con el objetivo de contratarle para que busque y encuentre a Tom Chaney (tremendo Jeff Corey), el asesino de su padre. La elección de Portis no pudo ser más acertada, porque Mattie rebaja los humos de Rooster hasta el límite de lo creíble, lo humaniza y lo aleja del trasnochado arquetipo del marshall que está de vuelta de todo. Por cierto que, al parecer, la joven actriz que encarnó a Mattie (Kim Darby) también fue un quebradero de cabeza para Wayne detrás de las cámaras, donde se comportó con los aires de una diva. Eso sí, nada que objetar a su interpretación, resuelta y decidida, mejorada por ese look a lo chico (sin que tengan mucho que ver, recuerda a la Scout de ‘Matar a un ruiseñor’).
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Ciclo Cara de Poker: ‘El poker de la muerte’ (1968)
En nuestra tercera partida de poker en Plumas de Caballo vamos a hablar de una película un tanto atípica que produjo la Paramount en 1968 con el título original de ‘5 Card Stud‘. Aquí, como de costumbre, nos tomamos la licencia de traducirlo a nuestro antojo y lo bautizamos como ‘El poker de la muerte’; título bastante más explícito pero, en cualquier caso, acorde con la sinopsis del film.
Basada en una novela de Ray Gaulden que adaptó convenientemente Marguerite Roberts, ‘El poker de la muerte’ fue dirigida por Henry Hathaway. En aquella época ya era habitual que los equipos de rodaje de los nuevos westerns se trasladaran al desierto de Almería, pero Hathaway -un artesano cuyos métodos de trabajo habría elogiado John Ford- prefirió que las cámaras se instalaran donde realmente ocurría la acción: en Durango, un pueblo mexicano que había sido fundado por los primeros emigrantes vascos.
‘El poker de la muerte’ es una película bicéfala, pues son dos las estrellas que encabezan el reparto. En primer lugar tenemos a Dean Martin, un carismático jugador de poker que se gana la vida repartiendo las cartas… y quedándose las mejores manos. Nada que objetar salvo por el hecho de que todos los integrantes de la última partida en la que jugó empiezan a morir uno a uno mientras él huye sospechosamente a Denver, Colorado; según dice, para evitarse problemas y seguir probando fortuna. Martin cumple con su rol sin grandes alardes y acaricia nuestros oídos con ’5 Card Stud’, la canción que da nombre a la película y que compuso Maurice Jarre.
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‘El correo del infierno’ (1951)
No es Henry Hathaway el primer director que te viene a la cabeza cuando piensas en los westerns del cine clásico. Más allá de Valor de ley, que reportó el Oscar a John Wayne, el resto de su filmografía permanece en un segundo plano. Aquí tenemos un buen ejemplo: El correo del infierno. Una película sobria, llevada a cabo con los recursos justos y algunos atropellos en el guión, pero con la mano firme de quien demuestra llevar el cine en la sangre.
Toda la acción de El correo del infierno se desarrolla en una sola localización: una posta del correo que enlaza las ciudades de San Luis y San Francisco. Allí, en mitad de la nada, las diligencias cambian las mulas y los viajeros estiran las piernas y sacian su apetito. Un lugar desértico que es terreno abonado para los delincuentes. Tom Owens (Tyrone Power) se encarga de proteger a una viajera que se ha quedado en tierra (Susan Hayward) cuando corre la noticia de que unos asesinos andan por allí. Pero Tom es un joven torpe y cobarde, incapaz de dominar el rudo carácter de la mujer… Y tampoco es demasiado útil cuando los asesinos se presentan en la posta.
Aunque la historia empieza con el típico humor del Oeste al estilo John Ford, a los pocos minutos se suceden escenas realmente duras y violentas. Hathaway supo sacar partido de la excelente fotografía de Milton R. Krasner para que la soledad del lugar fuera una metáfora del estado en el que se encuentran los protagonistas, a los cuales hay que sumar, para mayor dramatismo, la presencia de una niña que apenas sabe andar. Y aunque Tyrone Power siempre me ha dado algo de tirria, reconozco que cuadra con el papel, con esa cara de héroe frustrado, un querer y no poder.















