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Peg Entwistle: salto al vacío desde el letrero de Hollywood
Por una vez Hugh Hefner no ha salido a la palestra para hablar de sus nuevas adquisiciones para la mansión Playboy, sino para anunciar que, gracias a una donación de 900.000 dólares, se ha convertido en el principal baluarte para salvar los terrenos en los que se encuentra el letrero de Hollywood. Hasta el año 2002, la colina Cahuenga pertenecía a ¡Howard Hugues!, pero desde entonces estaba en poder de un grupo de inversores de Chicago que quería construir una urbanización de viviendas de lujo. Hacían falta 12,5 millones de dólares para impedirlo y finalmente se han conseguido; no sólo gracias a Hefner, sino también a ilustres del cine como Steven Spielberg, Tom Hanks o Arnold Schwarzenegger.
Siempre que sale alguna noticia relacionada con el cartel de Hollywood (hasta mediados de los cuarenta: Hollywoodland) me acuerdo de la historia de Peg Entwistle. La triste historia de Peg Entwistle, habría que decir. El 16 de septiembre de 1932, esta actriz rubia de ojos azules se arrojó al vacío desde la letra H: unos treinta metros de caída libre. Murió en el acto, pero pasaron dos días hasta que fue encontrada. En la base de la letra H dejó sus escasas pertenencias junto a una nota que decía lo siguiente: “Me temo que soy una cobarde. Lo siento. Si hubiera hecho esto antes, me habría ahorrado mucho sufrimiento.”
Reconozco que me encanta esta historia por lo que tiene de simbólica. Peg pudo matarse de muchas maneras, como habían hecho o harían después muchas otras actrices de Hollywood; sin embargo, eligió una de las más rebuscadas: escalar en plena noche hasta lo alto del dichoso letrero y utilizarlo como trampolín hacia la muerte, cuando en realidad debía haber significado su trampolín al éxito. Los más aprensivos -y también los más sensacionalistas- dicen que su espíritu vaga por la colina cual fantasma de casa encantada.
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oct
Libro: ‘Fotorretórica de Hollywood: El manuscrito perdido’
Desde la perspectiva que dan los años, hoy podemos ver claramente cómo empezó a entrar en crisis el sistema de estudios de Hollywood. Fue a finales de los cincuenta cuando importantes actores y directores dieron un paso al frente para deshacerse de la tiranía de las grandes productoras, que insistían en tratarles como la mercancía de una cadena de montaje. Estas estrellas rebeldes seguían el camino abierto muchos años atrás por Charles Chaplin o Cary Grant y mantuvieron el pulso hasta sus últimas consecuencias.
No estoy seguro de que a partir de entonces las películas de Hollywood fueran mejores, pero sí que fueron diferentes. Y lo mismo pensó el fotógrafo Barry Feinstein en 1964, cuando se le ocurrió la brillante idea de plasmar el fin del cine clásico -tal como lo entendemos en este blog- a través de la imagen. Tomó fotos que reflejaban la decadencia de Hollywood y le pidió a su amigo Bob Dylan que redactara pequeños textos para acompañarlas. En este post tenemos un ejemplo: el inconfundible rostro de Marlene Dietrich durante el funeral de Gary Cooper.
Sin embargo, el proyecto cayó en saco roto y ha permanecido en el ostracismo durante más de 40 años. ¿La razón? El miedo de los autores a que los estudios se sintieran agraviados y presentaran demandas millonarias, aunque solo fuera por despecho. Así que hemos tenido que esperar hasta 2008 -hasta 2009 en España- para poder disfrutar de las fotos de Feinstein y de los poemas de Dylan. Démosle las gracias a la editorial Global Rhytm, distribuidora en nuestro país de Fotorretórica de Hollywood: El manuscrito perdido. A quien le interese, que vaya preparando unos 30 euros. Pero seguro que estarán bien invertidos.
may
Y William Selig llegó a Hollywood
Seguimos hablando de centenarios, aunque en esta ocasión no se trata del aniversario de un actor, actriz o director; de hecho, ni siquiera es una persona física quien cumple 100 años, sino la propia industria de Hollywood. En el lejano 1909, un inquieto productor cinematográfico llamado William Selig compró un terreno en Los Ángeles para establecer la sede de la Selig Polyscope Company. Y desde entonces hasta ahora, muchos son los que han seguido su idea, hasta el punto de que Hollywood jamás ha perdido su magna influencia sobre el séptimo arte a nivel mundial.
Dicen las biografías que William Selig era un artista de vodevil, un mago que creía firmemente en las posibilidades del nuevo invento de los hermanos Lumière. De ahí que en 1896 abriera el citado estudio de producción en la ciudad de Chicago. Pero rodar en Chicago tenía los mismos inconvenientes que rodar en la costa Este: las localizaciones eran poco atractivas, hacía mal tiempo buena parte del año y era muy difícil competir con los espectáculos teatrales.
Así que Selig hizo las maletas, emigró al Oeste y al llegar a Los Ángeles encontró su Paraíso particular. Nada que ver con la ciudad de hormigón en que se convirtió años después: en 1909, Los Ángeles era un terreno casi despoblado (comparad los 50.000 habitantes de entonces con los casi cuatro millones de ahora), rodeado de vegetación, virgen para el ojo de la cámara. Y Selig dejó de buscar. Abrió allí su nueva sede y empezó a rodar películas, mientras otros le imitaban. Pero para la historia ha quedado que él fue el pionero de los productores de Hollywood… O el primero que lo documentó.
Lejos de quedarnos solamente con esta anécdota, también hay que reseñar que Selig produjo films como El conde de Montecristo (1908) y una primitiva versión de El mago de Oz (1910). En la nómina de su estudio se encontraban estrellas de la comedia (Roscoe ‘Fatty’ Arbuckle) y del western (Tom Mix). Y, anticipando las extravagancias de D. W. Griffith o Cecil B. DeMille, compró numerosos ejemplares de animales exóticos para ambientar sus películas; llegó a tener tantos que abrió su propio zoológico.
Vía | ADN














