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‘Tierras lejanas’ (1954)
Seattle, 1896. El vaquero Jeff Webster (James Stewart) llega a la ciudad después de conducir un rebaño de tercas reses por medio país. La justicia le pisa los talones; se le acusa de matar a otros dos vaqueros que quisieron huir antes de lo previsto sin darle nada a cambio. Ayudado por el viejo Tatum (Walter Brennan), Webster mete a los animales en el barco que zarpa hacia Dawson, en la fría Alaska, y sube a bordo en el preciso momento en el que iban a echarle el guante. Al llegar a Dawson, el forajido se verá acosado por la fiebre del oro, por dos mujeres de carácter opuesto (Ruth Roman y Corinne Calvet) y por el sheriff Gannon (John McIntire), que no descansará hasta llevarlo a la horca.
Esta es, a grandes rasgos, la sinopsis de Tierras lejanas, la cuarta de las cinco películas del Oeste que James Stewart rodó a las órdenes de Anthony Mann, antes de que su relación se rompiera por culpa de La última bala. Estamos ante un western sólido, cuyo interés va ‘in crescendo’ con el paso de los minutos: lo que empieza siendo un mero relato costumbrista sobre la búsqueda del oro termina como un violento juego del gato y el ratón en el que Stewart expone abiertamente su pellejo. En este sentido, la construcción de su personaje es de ‘chapeau’. Una vez más, Mann obliga a Stewart a encarnar a un hombre de oscuro pasado, introvertido, de corazón impuro. Sabemos que es el ‘bueno’ de la película pero aún así nos resistimos a abrazarlo. Nada que ver con el caballero sin espada de Capra.
Mencionábamos también la presencia de dos mujeres de corte totalmente distinto. Ruth Roman interpreta a la altiva dueña de los ‘saloons’ de Dawson, Ronda Castle, una mujer ambiciosa que impone sus reglas en un mundo masculino y que halla en el vaquero Webster a la horma de su zapato. En el otro lado del ring, la aniñada Corinne Calvet -aparenta 18 años pero casi rozaba la treintena- en el papel de Renee Vallon, experta buscadora de oro, altruista e ingenua, cuyo amor pueril choca una y otra vez con los desaires del protagonista.
may
‘El correo del infierno’ (1951)
No es Henry Hathaway el primer director que te viene a la cabeza cuando piensas en los westerns del cine clásico. Más allá de Valor de ley, que reportó el Oscar a John Wayne, el resto de su filmografía permanece en un segundo plano. Aquí tenemos un buen ejemplo: El correo del infierno. Una película sobria, llevada a cabo con los recursos justos y algunos atropellos en el guión, pero con la mano firme de quien demuestra llevar el cine en la sangre.
Toda la acción de El correo del infierno se desarrolla en una sola localización: una posta del correo que enlaza las ciudades de San Luis y San Francisco. Allí, en mitad de la nada, las diligencias cambian las mulas y los viajeros estiran las piernas y sacian su apetito. Un lugar desértico que es terreno abonado para los delincuentes. Tom Owens (Tyrone Power) se encarga de proteger a una viajera que se ha quedado en tierra (Susan Hayward) cuando corre la noticia de que unos asesinos andan por allí. Pero Tom es un joven torpe y cobarde, incapaz de dominar el rudo carácter de la mujer… Y tampoco es demasiado útil cuando los asesinos se presentan en la posta.
Aunque la historia empieza con el típico humor del Oeste al estilo John Ford, a los pocos minutos se suceden escenas realmente duras y violentas. Hathaway supo sacar partido de la excelente fotografía de Milton R. Krasner para que la soledad del lugar fuera una metáfora del estado en el que se encuentran los protagonistas, a los cuales hay que sumar, para mayor dramatismo, la presencia de una niña que apenas sabe andar. Y aunque Tyrone Power siempre me ha dado algo de tirria, reconozco que cuadra con el papel, con esa cara de héroe frustrado, un querer y no poder.





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