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La ‘mafia’ irlandesa de Hollywood
Irlanda fue uno de los países extranjeros con mayor representación en el Hollywood clásico y es probable que ocupara el número 1 del ránking en términos proporcionales. El origen de este hecho radica en la hambruna de la patata de mediados del siglo XIX, que obligó a millones de irlandeses a cruzar el Atlántico para sobrevivir. La mayoría fue a parar a los peores barrios de Nueva York, Boston o Chicago; en poco tiempo engordaron los índices de criminalidad, lo que les hizo ganarse una mala fama que contrastaba con su perserverancia para salir a flote bajo cualquier circunstancia. Las actividades de la mafia, especialmente durante la Prohibición, contribuyeron a modelar la imagen camorrista y embustera de este pueblo que, sin embargo, jugó un papel crucial en el desarrollo de los Estados Unidos.
En los años treinta, muchos actores y directores afincados en Hollywood tenían en sus venas sangre irlandesa, aunque como es lógico la mayoría habían nacido en Estados Unidos. Entre ellos se encontraban Frank McHugh, Pat O’Brien, Lou Calhern, Jimmy Gleason y los dos más importantes: Spencer Tracy y James Cagney. Era un grupo de actores que sentía orgullo por su origen irlandés y que por ese motivo tenían una afinidad especial. Se reunían una vez por semana, comían juntos, tomaban unas copas y despotricaban contra la industria del cine.
Nada que objetar hasta que al columnista Sidney Skolsky -que había sido el primero en llamar Oscar a un premio de la Academia- le dio por escribir que esas reuniones eran propias de la mafia irlandesa. Según Skolsky, aquellos hombres conspiraban contra los grandes estudios y se aseguraban buenos contratos gracias a su poder de influencia, actuando como un ‘lobby’ implacable. Pero la realidad era bien distinta y mucho menos atractiva.
may
‘Al rojo vivo’ (1949)
James Cagney, como Edward G. Robinson, era bajito y feo, pero tenía una autoridad incontestable frente a la cámara. Hiperactivo por naturaleza, enérgico, le gustaba la tensión, el movimiento. En Al rojo vivo despliega todas sus habilidades para encarnar a Cody Jarrett, un gángster sin escrúpulos con un precario estado mental que le hace depender de su madre y padecer intensos dolores de cabeza que le transportan a la locura, convirtiéndole en un ser aún más peligroso. La estrecha relación entre la madre y el hijo es quizá el aspecto más reseñable de una película que, por otra parte, es capaz de hilvanar un guión complejo con altas dosis de acción.
El relato se basa en una historia original de la nominada al Oscar Virginia Kellogg y arranca cuando la banda de Cody Jarrett asalta un tren en la frontera de California, asesina a los conductores y se lleva un botín de 300.000 dólares. La policía inicia una búsqueda frenética por todo el estado, pero cuando están a punto de detener a Cody, él se confiensa autor de un robo cometido el mismo día, a la misma hora, en otro lugar; un plan para eludir la cámara de gas y pasar, como mucho, tres años en la cárcel. Entonces las autoridades cambian de estrategia e infiltran al agente Vic Pardo (Edmond O’Brien) en su celda. Paralelamente, el ‘Gran’ Ed (Steve Cochran) toma el control de la banda y se lía con la mujer de Cody (Virginia Mayo) ante la mirada rabiosa de la madre (Margaret Wycherly).
En fin, como podéis leer, una película que no da un respiro al espectador, con varias tramas que se van uniendo hasta formar una sola y terminar en “la cima del mundo”, donde se encuentra James Cagney. Pese a lo odioso de su personaje (véase lo que hace, nada más empezar, con el inepto esbirro de la cara quemada), es inevitable sentir algo parecido a la admiración por Cody Jarret, por cómo escapa una y otra vez de la policía cuando más acorralado parece estar, por cómo renuncia a entregarse. Y también al ver que es traicionado por sus compinches o cuando la policía le tiende una trampa. Por no hablar del momento en que recibe la noticia que todos tememos, en el comedor de la cárcel, cuando supera el límite de lo racional.
dic
‘You must remember this’, nuevo libro sobre la Warner Bros.
“You must remember this / A kiss is still a kiss / A sigh is just a sigh / The fundamental things apply / As time goes by…” La primera frase del estribillo de la canción estrella de Casablanca ha inspirado a Richard Schnikel y George Perry para su historia de la Warner Bros., un libro de 479 páginas con un diseño impecable y unas fotografías de gran calidad que, de momento, sólo está disponible en Estados Unidos; a ver si los Reyes Magos le ayudan a cruzar el charco.
De la reseña que publica The New York Times, me quedo con las palabras de Richard Schnikel, el cual afirma que la Warner fue “el estudio de la clase trabajadora”. Sobre todo en los años ’30 y ’40, sus películas tenían una especie de conciencia social y sus finales no siempre eran felices: “El héroe o la heroína solían acabar muertos o marginados”, afirma Schnikel, que pone como ejemplo a Humphrey Bogart en los cuarenta o a las ideas de Stanley Kubrik en los setenta.
En este sentido, las estrellas de la Warner habrían conseguido una identificación plena con los espectadores al representar dramas cercanos. Los autores sostienen que “si James Cagney ha sido el rostro de la Depresión americana, Bogart podría ser el de la Guerra: agrio y romántico, el hombre que en cualquier momento podría ser reclutado para luchar contra el fascismo”.
El libro, cuyo título oficial es You must remember this: The Warner Bros. story, incluye también un montón de anécdotas sobre la productora y sus actores más conocidos, las luchas internas por el poder y menciones especiales a las películas que cambiaron el rumbo de la historia, como El cantor de jazz, clave en el desarrollo del cine sonoro a finales de los años veinte. Si no podéis esperar a que lo importen, podéis comprarlo a través de internet por unos 30 dólares más gastos de envío.
Vía | The New York Times
nov
‘Ángeles con caras sucias’ (1938)
Sólo hay que ver los primeros quince segundos de esta película para quedarnos enganchados por completo: la cámara se eleva sobre las atestadas calles de Hell’s Kitchen y realiza un majestuoso vuelo rasante hasta situarse al nivel de transeúntes, policías, ladrones y adolescentes, los cuales se empujan unos a otros para avanzar y, en cierto modo, sobrevivir. En ese ambiente crecen dos jóvenes vagabundos: Rocky Sullivan y Jerry Connolly. Ellos también sobreviven a costa de los demás: roban, engañan y se mofan de las chicas. Hasta que un día llegan demasiado lejos y Rocky, el menos afortunado, acaba en la cárcel.
Quince años después, los dos amigos se reencuentran. Aquella lección de realidad fue válida para Jerry (Pat O’Brien), que se ha hecho cura y oficia sermones en la parroquia del barrio; no así para Rocky (James Cagney), el cual ha perfeccionado sus tácticas mafiosas mientras estaba preso. Los dos se siguen llevando de maravilla, pero Jerry tiene la esperanza de hacer de Rocky un hombre de bien y, en cierto modo, expiar su mala conciencia por haberse librado de una condena que sin duda él también merecía. Pero Rocky no atiende a razones; pronto se convertirá en un gángster admirado por la chiquillería y se meterá en situaciones cada vez más problemáticas, como su enfrentamiento con el inquietante James Frazier (Humphrey Bogart).
A James Cagney no le vamos a descubrir ahora: puro nervio, fuerza, rabia incontenible. Papel como anillo al dedo, entre otras cosas porque su infancia transcurrió en esa Cocina del Infierno. También resultan conmovedores los intentos del padre Connolly por reformarlo, su debate interior sobre lo correcto y lo que le dicta el corazón. Frente a frente, los dos protagonistas suben su apuesta hasta llegar a un final con doble sentido (el propio Cagney lo dejó a la libre interpretación del espectador) en el cual queda un interrogante: ¿Quién de los dos ha aceptado la mayor humillación?





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