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‘Pandora y el holandés errante’ (1951)
Tossa de Mar es un pequeño pueblo de la provincia de Girona que tiene algo menos de seis mil habitantes censados y muchos, muchísimos turistas durante el año, sobre todo en verano. Pese a ello, mantiene un encanto especial que cuesta de encontrar en otros pueblos de la Costa Brava catalana. Así que imaginaos cómo debía ser hace medio siglo: seguro que hacía honor al apelativo de ‘Paraíso azul’ que le impuso el pintor francés Marc Chagall.
Si vais a Tossa y subís al castillo que corona la zona fortificada del pueblo, tarde o temprano os encontrareis con una estatua de Ava Gardner; la actriz, a tamaño natural, observa la playa que se extiende a sus pies con un gesto entre soñador y desafiante. Tras hacernos la foto de rigor, toca preguntarse a qué se debe la presencia de Ava en este rincón de Catalunya. Pues resulta que aquí estuvo ella en el verano de 1950, rodando la película Pandora y el holandés errante junto a James Mason y gozando al máximo de la bohemia.
Ava aceptó el papel de Pandora porque notó que tenía muchas cosas en común con aquella mujer, pero también porque representaba una excusa perfecta para escapar de su inestable pareja -Frank Sinatra- y sumergirse en la magia de las noches españolas, que la volvían loca. La película estaba escrita y dirigida por Albert Lewin, director admirado por los surrealistas, que quiso rodar su propia versión de la leyenda del holandés errante, ese marino condenado a vagar sin rumbo por los océanos que sólo podrá descansar cuando encuentre a una mujer capaz de morir por su amor. Lo habeis adivinado: esa mujer era Ava Gardner y el hombre maldito, James Mason.
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James Mason, otro centenario
Mira que nos bombardean con noticias al cabo del día, pero a casi todo el mundo se le ha pasado por alto una efeméride de las gordas: el centenario de James Mason. Así es, el pasado viernes 15 de mayo se cumplieron 100 años desde que la ciudad inglesa de Huddersfield viera nacer a quien se definió a sí mismo como “un actor de carácter bastante atractivo”, lo cual demuestra que o no tenía abuela o gozaba de una confianza a prueba de bombas.
A nadie se le escapa cuáles son las dos películas más famosas de James Mason: Con la muerte en los talones (1959) y Lolita (1962). En la primera encarnó a Phillip Vandamm, uno de los personajes que consigue poner en un brete a Cary Grant, para deleite de Mr. Hitchcock. Pero es en la segunda, en la polémica cinta de Stanley Kubrick, donde más reconocemos a Mason, convertido en un maduro profesor que se ve atraído por una niña de 14 años. Esa mirada a la foto de Sue Lyon mientras está en la cama con la sufridora número 1 de Hollywood (o sea, Shelley Winters), es imposible de obviar.
Ya es curioso que Mason no consiguiera ser nominado al Oscar por estos dos trabajos pero sí por otros más desconocidos para el público generalista: Ha nacido una estrella (1954), La soltera retozona (1966) y Veredicto final (1982). Marlon Brando, Walter Matthau y Louis Gossett Jr. le apartaron sendas veces de la estatuilla dorada. Me quedo con esta frase del Washington Post: “Mason se ganó más respeto por casi lograrlo que muchos otros actores por haber ganado el Oscar contra competidores mediocres o en terrenos dudosos.”
Amante del country y detractor del rock’n'roll, enfrentado con su familia por sus ideas antibelicistas, James Mason falleció en Lausana, Suiza, el 27 de julio de 1984, a los 75 años de edad. Dedicó la última etapa de su vida a la defensa de los animales y apadrinó la carrera de jóvenes actores, entre ellos Sam Neill (el doctor Alan Grant de Parque Jurásico). Sus restos descansan al lado de Charles Chaplin, con el que mantuvo una relación cordial.
Vía | ADN














