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Steven Spielberg se desmarca del remake de ‘El invisible Harvey’
Uno de los numerosos remakes de películas clásicas que hay previstos para los próximos dos o tres años se acaba de quedar en punto muerto: el de ‘El invisible Harvey’. Y hay una razón de peso. Steven Spielberg, que se iba a encargar de la dirección, ha confesado a sus más íntimos que abandona el proyecto. Las razones no están claras al cien por cien, pero todo parece deberse a que el Rey Midas de Hollywood ha tenido problemas para encontrar a un actor capaz de estar a la altura de James Stewart, así como una falta de química con los guionistas.
Spielberg llevaba trabajando en este remake desde hace seis meses. Primero quiso contratar a uno de sus mejores amigos, Tom Hanks, pero éste declinó la oferta por motivos de agenda. La segunda opción era Robert Downey Jr., que tampoco se ha mostrado muy interesado. Si a ello le sumamos los reseñados problemas en la redacción del guión, queda claro que la producción está estancada y que Spielberg ha decidido bajarse del carro antes de perder más tiempo. Quizá ahora pueda rescatar aquella idea del biopic sobre el presidente Abraham Lincoln que iba a protagonizar Liam Neeson y que también quedó en suspenso.
La noticia ha sido publicada por la revista ‘Variety’ en base a unas declaraciones del portavoz de Spielberg. De todas formas, los ejecutivos de la Fox no tiran la toalla y siguen adelante con la idea de rodar una nueva versión de las cómicas aventuras de Elwood P. Dowd y su gigantesco conejo invisible; confían estrenarla en 2011. Recordemos que la película original, dirigida por Henry Koster en 1950, obtuvo un Oscar a la Mejor Actriz de Reparto (Josephine Hull) y una nominación al Mejor Actor (Stewart).
Vía | IMDb
nov
‘Tierras lejanas’ (1954)
Seattle, 1896. El vaquero Jeff Webster (James Stewart) llega a la ciudad después de conducir un rebaño de tercas reses por medio país. La justicia le pisa los talones; se le acusa de matar a otros dos vaqueros que quisieron huir antes de lo previsto sin darle nada a cambio. Ayudado por el viejo Tatum (Walter Brennan), Webster mete a los animales en el barco que zarpa hacia Dawson, en la fría Alaska, y sube a bordo en el preciso momento en el que iban a echarle el guante. Al llegar a Dawson, el forajido se verá acosado por la fiebre del oro, por dos mujeres de carácter opuesto (Ruth Roman y Corinne Calvet) y por el sheriff Gannon (John McIntire), que no descansará hasta llevarlo a la horca.
Esta es, a grandes rasgos, la sinopsis de Tierras lejanas, la cuarta de las cinco películas del Oeste que James Stewart rodó a las órdenes de Anthony Mann, antes de que su relación se rompiera por culpa de La última bala. Estamos ante un western sólido, cuyo interés va ‘in crescendo’ con el paso de los minutos: lo que empieza siendo un mero relato costumbrista sobre la búsqueda del oro termina como un violento juego del gato y el ratón en el que Stewart expone abiertamente su pellejo. En este sentido, la construcción de su personaje es de ‘chapeau’. Una vez más, Mann obliga a Stewart a encarnar a un hombre de oscuro pasado, introvertido, de corazón impuro. Sabemos que es el ‘bueno’ de la película pero aún así nos resistimos a abrazarlo. Nada que ver con el caballero sin espada de Capra.
Mencionábamos también la presencia de dos mujeres de corte totalmente distinto. Ruth Roman interpreta a la altiva dueña de los ‘saloons’ de Dawson, Ronda Castle, una mujer ambiciosa que impone sus reglas en un mundo masculino y que halla en el vaquero Webster a la horma de su zapato. En el otro lado del ring, la aniñada Corinne Calvet -aparenta 18 años pero casi rozaba la treintena- en el papel de Renee Vallon, experta buscadora de oro, altruista e ingenua, cuyo amor pueril choca una y otra vez con los desaires del protagonista.
jul
‘Vértigo: De entre los muertos’ (1958)
En su día fue un fracaso comercial que Hitchcock achacó a James Stewart, al que consideraba demasiado mayor para su personaje, o a Kim Novak, un segundo plato del que nunca se sintió satisfecho (la primera elección, Vera Miles, se quedó embarazada en el momento más inoportuno). Actualmente, todavía hay muchos cinéfilos que cuestionan las supuestas virtudes de Vértigo: De entre los muertos, mientras los críticos modernos le dan el estatus de obra maestra, la sitúan al nivel de Psicosis y la emparejan con el cine de Godard y Truffaut.
Vértigo es una gran trampa en sí misma, y como tal hay que tomarla. Uno debe ponerse en la piel de Scottie Ferguson (James Stewart), el policía jubilado que no es capaz de subirse a una escalera tras sufrir una experiencia traumática durante una persecución por los tejados de San Francisco. Así es como debe entenderse la película: a través de los azules y asustados ojos de Stewart, confundiendo ficción y realidad. Hay que dejarse engañar por la luz irreal que envuelve a Madeleine (Kim Novak) y caer en la bruma del Golden Gate, en un estado soñoliento que se prolonga casi hasta el final. ¿Es pedir mucho, cuando supone un placer para los sentidos?
El vértigo del que habla Hitchcock en este film no es solamente el físico, el que pueda sentir Scottie colgado de una cañería a decenas de metros del suelo o subiendo a toda prisa al torreón de una iglesia. Es una sensación de mareo, de sentir que esto ya había ocurrido antes, pero siempre con el recuerdo manchado por el dolor. Hay escenas casi calcadas en varios momentos de la película, una y otra vez se vuelve a los mismos lugares, e incluso se ‘repiten’ personajes, para desconcierto del protagonista. Es una pesadilla que va dentro de otra y de otra, como grotescas muñecas rusas.
jul
‘La última bala’ (1957)
La fructífera relación entre el director Anthony Mann y el actor James Stewart se truncó de golpe en 1957 por culpa de esta película: La última bala. En teoría iba a ser el sexto western del binomio, pero en el último instante Mann se quitó de enmedio alegando que el guión era muy flojo y que no entusiasmaría al público. Además, estaba en contra de la elección de Audie Murphy para uno de los papeles protagonistas, el del Niño de Utica. Así que la Universal se vio obligado a sustituirle por el desconocido James Neilson.
Tampoco Stewart se mostró especialmente interesado en el film. Si aceptó la oferta fue porque su personaje, el solitario buscavidas Grant McLaine, le iba a permitir demostrar sus aptitudes para tocar el acordeón. Y ni de eso pudo fardar, ya que en el montaje final, un acordeonista profesional dobló su interpretación. Para colmo de males, las críticas fueron decepcionantes y la recaudación de taquilla, insuficiente. Un fracaso mayúsculo que hizo que Stewart se enemistara con Mann para siempre, molesto porque el director se hubiera bajado del carro.
¿Tan mala era La última bala? Una vez vista, queda claro que no está entre los mejores westerns de Stewart y que su sola presencia no iba a servir para levantar una historia sin nervio, poco original y con personajes estereotipados, por mucho empeño que pusiera al acordeón. La elección de Neilson como director, falto de talento y experiencia, fue la estocada para un film cuyo principal reclamo era la espectacularidad visual que ofrecía un nuevo invento llamado Technirama.
jun
Los puntos grises de James Stewart
Parece que no se pueden hacer reportajes sobre estrellas del cine clásico si no hay una efeméride de por medio. Siempre tiene que haber el recuerdo de que hablamos de tal actor porque nació hace equis años, o porque murió hace otros tantos, no sea que los lectores piensen que nos hemos vuelto aburridos. Y no es que quiera meterme con Fotogramas, que sigue siendo mi revista de cine de cabecera, aunque cada vez me cueste más ir a comprarla al kiosko; pero dedicarle cinco páginas a James Stewart porque el 20 de mayo se cumplieron 101 años de su nacimiento, me parece algo rebuscado. Sobre todo tras olvidarse del centenario de James Mason.
El reportaje en cuestión, firmado por Sergi Sánchez, tampoco me convence. Se titula James Stewart: Puntos negros sobre una estrella blanca y quiere demostrar que el actor tímido, bonachón y honesto que vemos en pantalla escondía oscuros secretos enterrados bajo su inmaculada presencia. Pero, la verdad, no veo por qué debía avergonzarse de algunos de ellos, ni me parecen justos que sean calificados como “puntos negros”. ¿Qué hay de malo o de extraño en que fuera domador de caballos, que simpatizara con el partido republicano, que negociara un porcentaje de la recaudación de sus películas o que le gustaran las rubias?
En otros puntos sí podríamos estar más de acuerdo, pero los hay cogidos con pinzas, como la famosa ocasión en que John Ford le ridiculizó por meterse con los negros durante el rodaje de El hombre que mató a Liberty Valance. ¿Es suficiente para afirmar que Stewart tenía tendencias racistas? Más grave podrían ser sus infidelidades (claro que a ver quién se resistía a Grace Kelly y Kim Novak) y, sobre todo, cuando rehusó acompañar a Marlene Dietrich a abortar tras dejarla embarazada (la actriz tuvo la ayuda de Orson Welles). Aún así, esto vendría a demostrar que James Stewart no era un hombre plano y que, como todos, lejos de caminar sobre el bien y el mal, tenía sus debilidades… Lo cual le hace aún más fascinante.
Vía | Fotogramas
sep
‘El invisible Harvey’ (1950)
James Stewart obtuvo su cuarta nominación al Oscar con El invisible Harvey, comedia fantástica -en el doble sentido de la palabra- en la que hizo gala de su habitual simpatía y conexión con el público.
La película se basa en una obra de teatro que consiguió un éxito arrollador en Broadway a mediados de los cuarenta, con 1.775 representaciones, y que fue adquirida por la Universal a cambio de 750.000 dólares. Stewart encarna a Elwood P. Dowd, un hombre afable y altruista al que todo el mundo aprecia. Pero su mejor amigo no pertenece a este mundo (o sí): se trata de un conejo de dos metros de altura que le acompaña a todas partes y al que ha bautizado con el nombre de Harvey. La familia de Elwood -encabezada por la histriónica Josephine Hull- no sabe qué hacer para que deje de estropearle las fiestas de la nobleza, así que deciden internarle en un manicomio… Sin saber que los que están a punto de perder la cordura son ellos mismos.
Una comedia tiene que empezar por ser divertida y ésta, por supuesto, lo es. El alemán Henry Koster -nominado al Oscar por La mujer del obispo en 1947- dirige el film con velocidad y elegancia, ayudado por las excelentes interpretaciones de su equipo protagonista. Además de los esperados malentendidos entre Stewart, Harvey y los desconocidos que se van encontrando por la calle, el guión da una vuelta de tuerca más y cuestiona los valores de la felicidad, concluyendo que, tal vez, lo mejor sería estar loco para sobrevivir a este mundo. Pueden cansar un poco los desmayos de Hull -que le valieron la estatuilla- pero también hay que reconocer el buen papel de esta señora que ya había hecho el mismo personaje en la versión teatral.
Lo mejor: Stewart. Y Harvey, claro.
Lo peor: Que no tengas tiempo para verla.
La frase: “Bueno, doctor, tengo que decirle que llevo 35 años luchando contra la realidad… Y soy feliz, porque finalmente he conseguido derrotarla” (Elwood P. Dowd / James Stewart).
Calificación: 9


















