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29
abr

‘Danzad, danzad, malditos’ (1969)

Danzad, danzad, malditos

El pasado 17 de abril nos dijo adiós Michael Sarrazin. El actor canadiense, nacido en la región francófona de Quebec en 1940, murió a los 70 años por culpa de un cáncer. Desarrolló la parte más relevante de su carrera en los años sesenta y setenta; nunca fue una estrella de primer nivel, pero tuvo la oportunidad de rodar junto a Paul Newman (en ‘El juez de la horca’, de John Huston) o Barbra Streisand (en ‘¿Qué diablos pasa aquí?’, de Peter Yates). Su carta de presentación eran unos hipnóticos ojos azules que causaron furor entre las jóvenes norteamericanas. Y la película que le inmortalizó es la que vamos a repasar en este post: ‘Danzad, danzad, malditos’, dirigida por Sydney Pollack.

En una entrevista que concedió a un periódico de Toronto en 1994, Sarrazin dijo que habría aceptado cobrar un dólar por semana con tal de interpretar el papel principal de ‘Danzad, danzad, malditos’: el de Robert, un joven vagabundo marcado por el recuerdo de un caballo muerto que anhela un brote de esperanza en mitad de la Gran Depresión. Su trauma infantil da sentido al aparentemente surrealista título original de la película: ‘They shoot horses, don’t they?’. Y es que Pollack nos explica, en un inicio poderoso y dramático, que aquel niño había sido testigo del accidente de un caballo que se había partido el cuello en una caída… y de cómo su padre, para evitar el sufrimiento del animal, le había disparado a quemarropa.

Ese inicio, que dura lo que duran los créditos, y los brevísimos flashbacks que nos van desvelando el final de la historia, son las únicas ocasiones en que Pollack traslada ‘Danzad, danzad, malditos’ fuera de su hábitat natural: una pista deportiva en la que tiene lugar el mayor maratón de baile del mundo. Los concursantes deben bailar sin separarse de su pareja y sin más descanso que diez minutos cada dos horas. Hay que adecuar el paso al ritmo que marque la orquesta y, además, superar algunas pruebas extra como la de correr a toda velocidad por el exterior de la pista. O sea, una tortura manejada a su antojo por un sádico maestro de ceremonias (Gig Young, que ganaría el Oscar al Mejor Actor de Reparto).


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19
nov

Clanes de cine: los Fonda

Jane Fonda y su padre, Henry, hacia 1962

Tras dar buena cuenta de los Barrymore, el segundo capítulo de la serie Clanes de cine está dedicado a otra familia ilustre: los Fonda. Los archivos nos llevan hasta la Edad Media, pues las personas aquí citadas son de ascendencia genovesa. Los primeros Fonda llegaron a Estados Unidos en el siglo XVII, previo paso por los Países Bajos, y se establecieron en algún lugar del actual estado de Nueva York; hasta que unos indios mataron al patriarca, lo que motivó a la familia a emigrar a Nebraska hacia el año 1800. Y un siglo después, se inició la saga cinematográfica. Éste es el resultado…

Henry Fonda (el abuelo, 1905-1982)

Actor de un talento impresionante, con una triste mirada de ojos azules que el público descubrió con la llegada del cine en color. Rodó decenas de westerns, en los que se movía con aires felinos, y podía ser un ingenuo defensor de la justicia o el peor rufián que hayas conocido. Nominado tres veces al Oscar -la primera vez por su conmovedor rol de Tom Joad en Las uvas de la ira-, no se hizo con la estatuilla hasta el año de su muerte, gracias a En el estanque dorado, donde compartió reparto e hizo las paces con su hija Jane.

Jane Fonda (la hija, 1937- )

Los más jóvenes la conocimos como la reina del aerobic en los ochenta y la probadora oficial cremas antiarrugas. Antes de eso, ganó dos Oscar con Klute (1971) y El regreso (1978), y fue nominada en otras cinco ocasiones. Mantuvo una relación inestable con su padre de la que se redimió en el último momento. También en la gran pantalla encarnó a mujeres sentimentalmente inestables, amén de enseñar gran parte de su delgado cuerpo en Barbarella, la Venus del espacio. En la actualidad está semirretirada, pero de vez en cuando se deja caer en comedias románticas: hay que presumir de cutis.


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