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‘Road House: El parador del camino’ (1948)
Casi inmediatamente después de finalizar el rodaje de ‘Belinda’ -y antes de saborear el éxito de crítica y público que le reportaría la película protagonizada por Jane Wyman- Jean Negulesco abandonó la Warner Bros. y fichó por la 20th Century Fox, aceptando una oferta de Darryl F. Zanuck. El primer proyecto que le encargó el afamado productor fue ‘Road House’ -traducido en España como ‘El parador del camino’- no sin antes advertirle de que el guión era malo y de que ya había sido rechazado por otros tres directores. Lo que quería Zanuck era recuperar el espíritu de las películas de acción de la Warner, aquellas en las que los Irish American James Cagney o Pat O’Brien rescataban al público del sopor con una buena pelea; o en las que una chica podía detenerse en mitad de la calle y ajustarse las medias, solo por llamar la atención.
Negulesco tenía ante sí un reto importante. Aquel guión podía tener cualquier cosa menos acción, teniendo en cuenta que se desarrollaba en su mayor parte en un escenario estático: el bar de carretera Jefty’s, a las afueras de una ciudad cualquiera al oeste de Chicago y a sólo 15 kilómetros de la frontera canadiense. Había que mantener la tensión durante dos tercios de película y transformar paulatinamente un melodrama del montón en una digna obra de cine negro. Para ello contaba con Edward Chodorov como guionista y con un reparto formado por Ida Lupino, Cornel Wilde, Celeste Holm y Richard Widmark.
Visto el resultado, la verdad es que Negulesco salvó el proyecto con nota. Ya en su primera escena vemos que siguió a rajatabla las indicaciones de Zanuck: la cámara recorre la pierna desnuda de Lily (Ida Lupino), que juega distraídamente a las cartas, ante la sorprendida mirada de Pete (Cornel Wilde). Lily es la nueva atracción del bar de carretera propiedad de Jefty Robbins (Richard Widmark); Pete es el subdirector del negocio y quien apaga los fuegos que siembra su inconsciente jefe. Pero Lily resulta ser un acierto: la gente se detiene en el parador para escuchar sus tristes canciones y echar una partida de bolos, doblando la recaudación noche tras noche, como registra la tesorera, Susie (Celeste Holm).
Jefty, con el pecho hinchado de satisfacción por el éxito de su cantante, se enamora de ella. Ante las largas que le da Lily, pide a Pete que se la gane por él. Pero Pete también se enamora de Lily y, lo que es peor, Lily le corresponde. Se inicia pues el típico triángulo amoroso más propio del melodrama que, sin embargo, se volverá siniestro cuando Jefty descubra la verdad: preso de los celos, dará rienda suelta a su locura y urdirá un plan para vengarse. Llegamos así a la parte interesante del film, una caza humana entre la niebla -que recuerda mucho a la de ‘El demonio de las armas’- en la que Negulesco despliega su gran talento ayudado por la excelente fotografía de Joseph LaShelle.
jul
‘Belinda’ (1948)
Jane Wyman tenía 31 años cuando Belinda le proporcionó el único Oscar de su carrera. Era la segunda vez que estaba nominada y aún lo estaría en otras dos ocasiones. Wyman subió al estrado, recogió la estatuilla y pronunció unas sencillas palabras: “He ganado este premio por mantener la boca cerrada y eso es lo que voy a hacer otra vez.” Acto seguido, volvió rápidamente a su butaca entre los aplausos y las risas del público. La joven con cara de mujer mayor (como la definió Terenci Moix) ya había llegado a la cima del séptimo arte.
El chiste de Wyman venía a cuento porque en Belinda había interpretado a una sordomuda que vivía con su padre (Charles Bickford) y su tía (Agnes Moorehead) en un solitario molino de una isla de Nueva Escocia, Canadá. La precariedad económica y los prejuicios de sus vecinos habían convertido a la familia McDonald en una especie de apestados, mientras Belinda crecía en el más completo analfabetismo y era conocida como la tonta del pueblo, mote por el que también se referían a ella su padre y su tía.
Todo cambia a partir de la llegada del doctor Robert Richardson (Lew Ayres), un hombre que se rige por sus propios principios, que no cree en las supersticiones religiosas del lugar y tiene una mente liberal. Cuando, por casualidad, conoce a Belinda, siente el impulso de ayudar a aquella muchacha a tener una vida mejor. Con el beneplácito del padre, sorprendido de que su hija sea capaz de comunicarse con los demás, le enseña el lenguaje de signos. Los progresos de Belinda son excelentes, pero sufrirá un shock al ser violada por el pendenciero Locky McCormick (Stephen McNally).













