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2
mar

‘La mujer del cuadro’ (1944)

La mujer del cuadro

Teníamos pendiente un post sobre ‘La mujer del cuadro’ para cerrar el recuerdo a la actriz Joan Bennett con motivo de su centenario, así que vamos a saldar esa deuda cuanto antes. Estamos ante una de las mejores películas de Bennett; sin embargo, pongo en duda que también lo sea de su director, Fritz Lang. Creo que el vienés cuenta en su filmografía con obras más notables que ‘La mujer del cuadro’, donde recoge de manera soberbia los principales ingredientes de la atmósfera ‘noir’ pero donde también descuida el guión hasta convertirlo en un simple -aunque agradable- pasatiempo. Por eso me parece más interesante la película que cierra esta especie de díptico sobre las ‘femme fatales’, rodada al año siguiente bajo el título de ‘Perversidad’, en la que aparecen prácticamente los mismos actores y actrices protagonistas.

La sinopsis de ‘La mujer del cuadro’ nos traslada hasta una zona acomodada de Nueva York en la que los hombres de bien pegan una patada a sus esposas e hijos en cuanto se les presenta la oportunidad y se reúnen en clubes nocturnos para beber, fumar y charlar de lo divino y de lo humano. Esa es la principal afición del señor Richard Wanley (Edward G. Robinson), un almidonado profesor universitario que hace tiempo que ni siente ni padece, acostumbrado a una vida cómoda, sin sobresaltos pero, lógicamente, sin emoción alguna.

Una noche, al entrar al club, el señor Wanley se queda prendado de la mujer que aparece en el solitario cuadro de un escaparate. Se pregunta quién será la modelo y pierde la noción del tiempo, para mofa de sus colegas. Al cabo de unas horas, abandona el local con el sueño en el cuerpo -y unas cuantas copas- y decide echar un último vistazo a la mujer del cuadro. Mientras lo observa de nuevo con la boca abierta, la modelo real aparece a su lado. Resulta ser una chica ligera de cascos (Joan Bennett) que le convence para seguir la velada en casa. Lo que Wanley no sabe es que la chica tiene un amante que se presentará sin avisar e intentará estrangularle y que no tendrá más remedio que matarlo clavándole unas tijeras.


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27
feb

Centenario de Joan Bennett

Joan Bennett

Este sábado 27 de febrero -el mismo día en que cumplen años Elizabeth Taylor (78) y Joanne Woodward (80)- celebramos el centenario del nacimiento de una de las grandes actrices del cine negro americano: Joan Bennett. Rubia -aunque la recordemos morena-, delgada, con un rostro ambiguo que denotaba inocencia y falsedad a partes iguales, Bennett supo encarnar con acierto tanto a damas de clase alta como a las vulgares prostitutas de los bajos fondos de Nueva York. Su registro iba más allá del ámbito gestual y poseía una voz que manejaba a su antojo según las exigencias del guión. Toda una estrella del cine clásico a la que vamos a dedicar dos posts: en el primero repasaremos su biografía y, en el segundo, analizaremos una de sus películas más destacadas, ‘La mujer del cuadro’ (1944).

Joan Geraldine Bennett nació en Palisades, New Jersey, en el seno de una exitosa familia de actores teatrales que se remontaba al siglo XVIII. No le faltó de nada en su infancia, ni a ella ni a sus hermanas mayores, una de las cuales -Constance- también se abriría paso en el cine. Joan estudió en importantes colegios de Manhattan y Connecticut para acabar su formación académica en Versalles. Todo un lujo.

Aunque sus padres la introdujeron desde muy pequeña en los círculos artísticos, Bennett no empezó a rodar películas regularmente hasta 1929. Para entonces tenía 19 años y ya se había casado y divorciado de su primer marido, un tal John Marion Fox, que le dio a su hija Diana. Su primer triunfo en la gran pantalla fue como actriz secundaria en ‘Bulldog Drummond’, protagonizada por Ronald Colman. Luego trabajó al lado de Spencer Tracy en ‘She wanted a millionaire’ (1932), donde ya figuró en el primer lugar de los créditos e incluso obligó a detener el rodaje durante seis meses al caerse de un caballo y romperse una pierna. Ese mismo año volvió a casarse, ahora con el guionista y productor Gene Markey; tuvieron otra hija pero el matrimonio tampoco funcionó y se separaron en 1937.

Tras el estreno de ‘Mujercitas’ (1933), donde solo Katharine Hepburn pudo eclipsarla, el productor independiente Walter Wanger se fijó en ella y le ofreció un contrato para mejorar su carrera. Efectivamente, la relación de Bennett con Wanger sería clave tanto dentro como fuera de la pantalla durante las siguientes tres décadas. Gracias a él pudo compartir reparto con Cary Grant en ‘Big brown eyes’ (1936) o participar en los clásicos ‘El hombre de la máscara de hierro’ (1939) y ‘El conde de Monte Cristo’ (1940). Además, Bennett se quedó a un paso de protagonizar ‘Lo que el viento se llevó’; su prueba de cámara impresionó a David O. Selznick, pero a última hora fue desposeída del papel por Vivien Leigh.


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28
sep

‘El hombre atrapado’ (1941)

El hombre atrapado

Con el título de este post no quiero referirme a la situación actual de Roman Polanski (última hora: Estados Unidos ya ha pedido la extradición, aunque el cineasta va a recurrirla y pueden pasar varios meses hasta que cruce el charco), sino a una película sobre el nazismo dirigida por Fritz Lang en 1941, es decir, en mitad de la Segunda Guerra Mundial. Cuando el film se estrenó, Hitler ya se estaba ensañando con Inglaterra y se acercaba poco a poco a Moscú, pero Japón aún no había atacado la base militar de Pearl Harbor.

La película se basa en la novela de Geoffrey Household Rogue Male y empieza con la imagen que soñaba medio mundo: Adolf Hitler en el punto de mira del rifle de un cazador británico perdido en los bosques de Baviera. Es decir, lo que no se conseguiría ni siquiera desde dentro (con la famosa Operación Valkiria), podría haberlo hecho un simple aficionado a coleccionar animales disecados… De no ser porque su falta de previsión le paraliza y termina siendo apresado por un guarda. Entonces, el capitán Thorndike (Walter Pidgeon) pasa a ser torturado por Quive-Smith (George Sanders), uno de los hombres de confianza del Führer.

Sin duda, el inicio es sorprendente pero no deja de ser ingenuo. Imagino que, tras un hecho como éste, Hitler doblaría la ración de soldados que custodiaban su mansión. El fallo de seguridad es aún más grave cuando nos enteramos de que Thorndike es pariente del importante aristócrata Lord Risborough (Frederick Worlock). Quive-Smith aprovecha esta circunstancia para exigir a Thorndike una confesión: iba a matar a Hitler por orden del gobierno británico. Sería la excusa perfecta para que Alemania empezara a bombardear Inglaterra.


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