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Ciclo Cara de Poker: ‘El destino también juega’ (1966)
Si en el primer capítulo de nuestro ciclo describimos las angustiosas timbas de ‘El hombre del brazo de oro’, ahora nos centramos en una película que es una gran partida de poker del primer al último minuto. ‘El destino también juega’ fue dirigida por Fielder Cook en 1966 a partir de un guión de Sidney Carroll y contó con un extraordinario reparto en el que figuraban curtidos rostros del western como Jason Robards, Charles Bickford o Paul Ford, y dos estrellas de primer nivel como Joanne Woodward y Henry Fonda.
El ritmo inicial de la película es trepidante. Vemos a Charles Bickford vestido de enterrador, conduciendo una diligencia fúnebre a toda velocidad por las Grandes Llanuras. De vez en cuando se detiene para recoger a otro hombre, lo sube al carro y prosiguen la marcha. Así hasta llegar a Laredo, donde descubrimos qué tienen estos hombres en común: los cinco son unos artistas en jugar al poker en Texas. Se reúnen una vez al año para desplumarse los unos a los otros mientras los borrachos del bar mantienen el alma en vilo.
Dado que es un western con mucha comedia, los estereotipos de cada jugador son divertidos. Henry Drummond (Robards) es el favorito, seguro de sí mismo, enérgico y nervioso. Benson Tropp, el enterrador Bickford, proyecta una imagen lúgubre reforzada por su misoginia. Otto Habershaw (Kevin McCarthy) es un cínico guaperas que aparenta tener sentimientos. Dennis Wilcox (Robert Middleton) es un gordo bravucón que defiende las reglas del Viejo Oeste. Y Jesse Buford (John Qualen), un tímido jugador que no se fía ni de su sombra.
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El sueño de Joanne Woodward
La muerte de Paul Newman afectó a mucha gente, pero nadie la sufrió tanto como su mujer. Joanne Woodward ha tenido que superar el trance de perder a quien fue su pareja durante más de medio siglo, algo difícil para cualquiera. Los amigos y familiares cercanos decían que, sin Paul, Joanne se había encerrado en sí misma y, de alguna forma, también parecía haberse ido.
Por eso nos alegramos enormemente de leer una noticia en la que se afirma que Joanne ha decidido volver a trabajar. Y es que tenemos que hacer memoria para recordar la última vez que la vimos en el cine, interpretando a la madre de Tom Hanks en Philadelphia. Aquello fue en 1993, y desde entonces sólo se había dejado ver del brazo de su marido y en la miniserie de televisión Empire Falls.
Una fuente no acreditada asegura que el regreso de Joanne vendría a cumplir el último deseo de Paul, que quería que su mujer continuara actuando cuando él ya no estuviera, según le dijo en un sueño reciente que habría tenido la actriz. Vamos a poner en duda esta afirmación, al menos hasta que el sujeto se identifique o la propia interesada confirme el encuentro extrasensorial, pero aplaudimos su decisión. Seguro que papeles no le faltan; pocas actrices de 78 años pueden decir lo mismo.
Vía | IMDb
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Por siempre indomable
Anunciábamos un pequeño homenaje a Paul Newman, que nos dejó este fin de semana, pero es difícil estar a la altura de uno de los mejores actores que ha parido el cine. En realidad lo parió el Método, ese estilo de sobreactuación que a mí me pone tan nervioso, pero del que salieron intérpretes maravillosos: Redford, Brando, Newman. Paul supo rectificar. Supo quitarse los tics de encima y convertirse en un rostro guapo y auténtico, hacer que te identificaras con él en cualquier situación, ya fuera escondiendo su homosexualidad ante Elizabeth Taylor o comiéndose 50 huevos de un tirón. Supo que el secreto estaba en ser comedido, que la cámara lo capta todo sin necesidad de estar permanentemente afectado. Mejoró con los años. Diez nominaciones al Oscar le contemplan; injusto que sólo se llevara uno.
Leí a un amigo que se había quedado un poco frío con la muerte de Newman. Que le conocía de hacía tanto, a través del cine, que sentía como si no se hubiera ido. Y es cierto. Ahí tenemos el DVD para recrearnos en sus ojos azules, en películas que han pasado a la posteridad. Pero también nos queda el Newman humano. Su historia de amor con Joanne Woodward ha sido y será la envidia de sus colegas; medio siglo bien avenidos es algo difícil de encontrar en Hollywood. Sus gestos humanitarios, llevados con discreción y responsabilidad, hablan de su gran corazón. Su pasión por las carreras (quedó segundo en las 24 horas de LeMans en 1979), es legendaria.
En sus días finales, ha sido fiel a sí mismo. Fiel a su espíritu libre y a su honradez con la vida. Ha decidido morir rodeado de Joanne y los suyos, mientras el cáncer le quitaba poco a poco el aliento. Por siempre será el chico de los ojos azules, el buscavidas. Será inmortal porque lo guardaremos en la retina y en la mitología de nuestra cinefilia. Paul Newman, por siempre indomable.
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