jul
‘El tercer hombre’ (1949)
Es 1947 y Viena todavía se está recuperando de los estragos sufridos durante la Segunda Guerra Mundial. La capital austríaca se sostiene en pie a duras penas, gestionada por las cuatro potencias extranjeras que cimentaron la victoria aliada: Estados Unidos, Inglaterra, Francia y Rusia. La gente sigue caminando por las calles con premura, como esperando que en cualquier momento las bombas vuelvan a caer sobre sus cabezas. No es fácil olvidar el horror mientras decenas de edificios siguen en ruinas. Además, la escasez de alimentos y medicinas ha hecho florecer un mercado negro en el que los más astutos timan a los pobres que no tienen ni un mendrugo de pan que llevarse a la boca.
Éste es el panorama que se encuentra Holly Martins (Joseph Cotten) cuando llega a Viena. Martins es un escritor estadounidense con cierto talento para las novelas del Oeste, una profesión por la que nunca será respetado y que tampoco le permitirá retirarse en su vejez. Por eso, cuando su amigo Harry Lime (Orson Welles) le propone que se mude a Viena con la promesa de un buen trabajo para él, Martins decide cruzar el charco y afincarse en el corazón de Europa. Podéis imaginaros su sorpresa cuando, al llegar a su destino, se entera de que Lime ha sido atropellado por un camión; lo único que puede hacer es darle el último adiós en su funeral.
Martins decide entonces regresar a Estados Unidos, pero antes de coger el avión se entera de algunas cosas que le hacen sospechar que la muerte de Lime no fue un accidente. Sobre todo le interesa descubrir la identidad del tercer hombre que recogió su cadáver del asfalto, ya que sólo los otros dos porteadores fueron identificados. Pese a los impedimentos del mayor Calloway (Trevor Howard), de la última novia de Lime, Anna Schmidt (Alida Valli), y de los personajes que en algún momento formaron parte de la vida de Harry, Martins va reuniendo poco a poco las piezas de ese macabro puzzle que tiene como telón de fondo las tristes e inquietantes calles de Viena.
jun
‘Duelo al sol’ (1946)
Sonrío al leer que ‘Duelo al sol’ fue incluida por el jurado de los Razzie en una lista de las 100 películas más ridículas de la historia del cine. La verdad es que, conociendo el sentido del humor y la necesaria mala leche con que se otorgan estos premios, es una decisión lógica. Tomarse en serio ‘Duelo al sol’ es un ejercicio imposible porque abusa de la épica, llevando al absurdo las reacciones de los personajes, como un melodrama vulgar. Y, sin embargo, encierra una historia interesante, con dos o tres excelentes secuencias, que hacen que su visionado sea obligatorio para todos los amantes del western.
La respuesta a este exceso de grandilocuencia la encontramos en el nombre de David O. Selznick. El hombre que ya había financiado ‘King Kong’ (1933), ‘Lo que el viento se llevó’ (1939) o ‘Rebeca’ (1940), quería rodar una película en la que su novia, Jennifer Jones, brillara en todo su esplendor. Tres años antes, Selznick había conseguido que Jones se llevara el Oscar a la Mejor Actriz por ‘La canción de Bernadette’; normal, por tanto, que creyera a pies juntillas en las posibilidades de su chica, por muy cargante que la encontraran algunos críticos. Por eso, cuando una embarazada Teresa Wright tuvo que abandonar el rodaje de ‘Duelo al sol’, Selznick movió ficha y le dio el papel a Jones. Éste sería también el único film en el que Selznick haría funciones de director, aunque sólo King Vidor aparecería en los créditos.
El duelo al sol al que hace referencia el título de la película es el que protagonizan los hermanos Jesse y Lewton McCanles (Joseph Cotten y Gregory Peck) por el amor de Pearl Chávez (Jennifer Jones), una india mestiza perseguida por la desgracia: ha visto cómo su padre (Herbert Marshall) era ejecutado por haber matado a uno de los múltiples amantes de su madre. Poco antes de morir, papá le informa de que a partir de ahora quedará a cargo de la señora McCanles (Lillian Gish), una prima lejana que no tendrá problemas en acogerla en su rancho de Texas. Bien diferente será la reacción del señor McCanles (Lionel Barrymore), un fascista defensor de la supremacía blanca que, postrado en una silla de ruedas, sospecha -parece que con razón- que entre su esposa y el padre de Pearl hubo más que simples lazos familiares.
sep
Alfred Hitchcock presenta: ‘Angustia’ (1955)
Cuando uno llega a casa tarde, cena en un santiamén y sabe que le queda poco para meterse en la cama antes de que se le cierren los párpados (motivo por el que no puede ver una película de dos horas aunque fuera su deseo), una excelente solución es escoger al azar uno de los capítulos de la serie Alfred Hitchcock presenta. Son historias cortas, de unos 25 minutos, con las que el director inglés mantuvo en vilo a la audiencia durante siete temporadas (en España, si no estoy equivocado, aún vamos por la tercera).
Cada programa tiene la misma estructura. En primer lugar, Hitchcock hace un monólogo frente a la cámara, con su habitual mueca de despreocupación, e introduce la historia con unas gotas de sarcasmo inglés. Después vemos el capítulo en sí, que a veces está protagonizado por estrellas de la época como Walter Matthau, Charles Bronson, Claire Trevor, Peter Lorre, James Coburn o Steve McQueen. Y los últimos dos o tres minutos corresponden de nuevo a Hitchcock, que incide en la moraleja del cuento sin abandonar el humor negro.
Angustia (Breakdown es su título original) se emitió el 13 de noviembre de 1955. Fue el séptimo episodio de la primera temporada y tuvo como protagonista a Joseph Cotten. El guión corrió a cargo de un habitual como Francis M. Cockrell y un desconocido llamado Louis Pollock. Cotten interpretaba a William Callew, un hombre de negocios sin escrúpulos que sufre un accidente de coche en una zona rural en la que están construyendo una carretera. El choque le produce una parálisis total: no puede mover ni una pestaña, aunque su cerebro funciona y está consciente. Para no meterse en problemas, los obreros le dejan allí creyendo que está muerto, pero él ve y oye perfectamente.















