sep
‘De repente, el último verano’ (1959)
De entre todas las incendiarias, pasionales, sofocantes y perversas obras de Tennessee Williams, ¿es ‘De repente, el último verano’ la más escandalosa de todas? Es difícil asegurarlo, pero bien podría serlo. Porque en este relato de la locura adaptado al cine por su amigo Gore Vidal, en este sueño macabro con presuntas locuras y medias verdades, hay sitio para la homosexualidad, el incesto, la prostitución, la crueldad y hasta para un inusual hábito social que pocas veces se ha proyectado en la gran pantalla; hábito que no vamos a mencionar aquí para no estropear la macabra sorpresa que Joseph L. Mankiewicz cocina a fuego lento, siguiendo paso a paso la receta de Williams, durante 109 minutos.
Como pasa con la fantasmagórica Rebeca de la novela de Daphne du Maurier o con la onírica Laura de Vera Caspary, Williams juega con un protagonista invisible; un muerto que, por diferentes motivos, no deja de atormentar a los vivos y les arrebata el centro de interés. Ese personaje se llama Sebastian, pero nunca habla en primera persona, ni vemos su rostro, sino que lo construimos en nuestra imaginación a través de los relatos que narran su tía, la señora Violet Venable (Katharine Hepburn); su madre, Grace Holly (Mercedes McCambridge); y la última mujer que le amó -prima de sangre, para más inri: Catherine (Elizabeth Taylor).
El nexo del relato, la persona que actúa en nombre del espectador para desenmarañar el misterio de la muerte de Sebastian y las neurosis de sus allegados, es el doctor Cukrowicz (Montgomery Clift), un cirujano que se ha especializado en la arriesgada y morbosa práctica de la lobotomización. Es decir, que escoge a los pacientes del manicomio que no han respondido a los tratamientos para recuperar la cordura, les tumba en la camilla y les agujerea la cabeza para convertirles en zombis: menos problemáticos, más tranquilos y con breves instantes de lucidez que justifican la realización de estas operaciones a pesar de la precaria salud económica del hospital, dirigido por el enérgico señor Hockstader (Albert Dekker).
Es cuando menos irónico ver a Clift haciendo de cirujano cuando estaba recién salido de las operaciones de cirugía plástica a las que fue sometido para reconstruir su rostro, después de aquel accidente fatal del 12 de mayo de 1956, cuando empotró su coche contra un poste de teléfono tras salir de una fiesta en casa de Elizabeth Taylor. La tormenta interior que siempre pareció desencadenarse en los personajes de Clift -véase ‘De aquí a la eternidad’ (1953)- se agudizó todavía más a raíz del accidente. A veces incluso resulta incómodo seguir la mirada, los gestos y las expresiones de Clift, porque parece que con ellos arrastre un dolor terrible. Otro tipo de tortura fue a la que le sometió Joseph L. Mankiewicz porque estaba insatisfecho con su trabajo, aunque ahí estaban Liz y Kate para echarle un capote. Dicen que la Hepburn llegó a escupir en el rostro del director tras una escena especialmente tensa.
abr
Joseph L. Mankiewicz, en Madrid
Seguimos celebrando el centenario del nacimiento del director y guionista Joseph L. Mankiewicz, al cual ya felicitamos en Plumas de Caballo con una crítica de su obra maestra, Eva al desnudo (1950). En esta ocasión es el Círculo de Bellas Artes de Madrid quien le dedica un ciclo especial en el que se proyectará el film mencionado y otros cuatro de gran calibre: El fantasma y la señora Muir (1947), Carta a tres esposas (1949), Julio César (1953) y Mujeres en Venecia (1967). Estas cinco películas son un reflejo de la versatilidad de Mankiewicz, capaz de abarcar con éxito generos muy diferentes, así como de su habilidad para diseñar guiones perfectos. Precios populares (de 2,40 a 4 euros) para los espectadores que quieran asistir al ciclo. Fecha límite: 30 de abril. Más información en la web oficial del Círculo de Bellas Artes.
Vía | El Mundo
feb
‘Eva al desnudo’ (1950)
Hace 100 años y un día, la ciudad de Wilkes-Barre, del estado de Pennsylvania, tuvo el honor de acoger el nacimiento de Joseph L. Mankiewicz. Nadie sospechaba que aquel bebé se iba a convertir en el único director capaz de ganar cuatro Oscars en dos años consecutivos. Hijo de un alemán exiliado, iba para médico, pero el cine expresionista que impregnaba Berlín en los años veinte le hizo cambiar de opinión. Y terminó regalándonos varias películas antológicas, casi todas para gloria de la 20th Century Fox.
Eva al desnudo es una de esas obras maestras que adornan el excelso currículum de Mankiewicz. Confieso haber creído que la Eva del título hacía referencia a Bette Davis, al ser la imagen principal de los carteles. Eso fue antes de conocer a la pérfida Anne Baxter, tan malvada, retorcida y despreciable como la Davis. O peor, porque al menos la Davis va de frente mientras Eva se quita poco a poco su disfraz de mosquita muerta.
Se pueden hacer muchas lecturas sobre la historia que nos cuenta Mankiewicz en Eva al desnudo. En primer lugar, el proceso que sigue una desconocida hasta convertirse en una trepa de tomo y lomo, algo que desgraciadamente se da en todas las profesiones. Por otro lado, el paranoico despotismo de las estrellas que viven con el miedo de perder a su público, caso de Margo ‘Davis’ Channing. Y por último, una sutil crítica contra esos apasionados del teatro que miran a la fábrica del cine por encima del hombro, como si en las tablas no hubiera rencillas, traiciones, egos y dinero en juego.
nov
‘El fantasma y la señora Muir’ (1947)
A veces cuesta explicar una película sin desvelar el final, porque es ahí donde convergen todas las emociones que arrastramos desde los primeros fotogramas. La historia puede comenzar siendo anodina, simple o recurrente; pero ir convenciéndonos mientras avanza y, en el último instante, sacudirnos un ‘coup de grâce’ tan perfecto que anula toda capacidad de réplica y obliga a replantearnos los prejuicios con los que nos habíamos sentado frente a la pantalla. El fantasma y la señora Muir es una de esas películas.
Lucy Muir es una joven viuda que se traslada con su hija y su criada a un caserón de la costa británica. Aunque es avisada de que allí habita el fantasma de su antiguo dueño, el capitán Gregg, la señora Muir prefiere plantarle cara y convivir con este espíritu, que termina aceptando su presencia.
Así, la primera fase de la película es casi una ‘screwball’, con diálogos subidos de tono para la época y comentarios sarcásticos entre el rudo capitán y la delicada inquilina. Pero luego el tono general cambia por completo, pasando de una tópica comedia romántica a un drama en toda regla con un final políticamente incorrecto. Porque el capitán Gregg -Rex Harrison entre las sombras- no es sólo un lobo de mar; ahora que está muerto sabe cuál es el sentido de la vida e intenta hacérselo comprender a Lucy, pero ella en el fondo piensa que sólo es un fantasma celoso y bravucón. Lucy sigue a su cabeza, no a su corazón, y paga un alto precio por ello.




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