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mar

‘La fiera de mi niña’ (1938)

La fiera de mi niña

‘La fiera de mi niña’ es una de las mejores muestras de que, a veces, ni los premios ni la recaudación de taquilla son justos con las películas. Aunque los estudiosos del cine la tengan actualmente en un pedestal, aunque en 1990 fuera seleccionada como un filme imperecedero por la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, aunque salte a la vista que pocas parejas cómicas de distinto sexo han tenido más química que Katharine Hepburn y Cary Grant, aunque esté dirigida por un maestro del género como Howard Hawks… lo cierto es que, en su día, fue el sonoro batacazo que cimentó la leyenda de que la Hepburn era “veneno para la taquilla”. En otras palabras: una injusticia monumental.

Producida por la RKO con un presupuesto superior al millón de dólares (leopardo incluido), ‘La fiera de mi niña’ es la típica comedia romántica de enredos de los años treinta que no puedes dejar de ver sin una sonrisa en los labios y que tiene momentos de auténticas carcajadas.

Dudley Nichols y Hagar Wilde escribieron directamente para la gran pantalla una comedia soberbia, de ritmo frenético, en la que se mezclan con brillantez los duelos dialécticos y los gags visuales (por cierto: Nichols y Wilde se enamoraron durante el rodaje e iniciaron una relación).

Es obvio que para modelar el personaje del timorato Doctor Huxley se basaron en Harold Lloyd; queda patente en la primera escena, con Grant subido en un andamio y portando unas gruesas gafas de pasta. Para Hepburn, que todavía no había rodado ninguna comedia, optaron por un personaje espontáneo, decidido pero caótico, que arrastraría a su amor de aquí para allá con la esperanza de conquistarlo y liberarlo de su estricta prometida (Virginia Walker).


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sep

‘De repente, el último verano’ (1959)

De repente, el último verano

De entre todas las incendiarias, pasionales, sofocantes y perversas obras de Tennessee Williams, ¿es ‘De repente, el último verano’ la más escandalosa de todas? Es difícil asegurarlo, pero bien podría serlo. Porque en este relato de la locura adaptado al cine por su amigo Gore Vidal, en este sueño macabro con presuntas locuras y medias verdades, hay sitio para la homosexualidad, el incesto, la prostitución, la crueldad y hasta para un inusual hábito social que pocas veces se ha proyectado en la gran pantalla; hábito que no vamos a mencionar aquí para no estropear la macabra sorpresa que Joseph L. Mankiewicz cocina a fuego lento, siguiendo paso a paso la receta de Williams, durante 109 minutos.

Como pasa con la fantasmagórica Rebeca de la novela de Daphne du Maurier o con la onírica Laura de Vera Caspary, Williams juega con un protagonista invisible; un muerto que, por diferentes motivos, no deja de atormentar a los vivos y les arrebata el centro de interés. Ese personaje se llama Sebastian, pero nunca habla en primera persona, ni vemos su rostro, sino que lo construimos en nuestra imaginación a través de los relatos que narran su tía, la señora Violet Venable (Katharine Hepburn); su madre, Grace Holly (Mercedes McCambridge); y la última mujer que le amó -prima de sangre, para más inri: Catherine (Elizabeth Taylor).

El nexo del relato, la persona que actúa en nombre del espectador para desenmarañar el misterio de la muerte de Sebastian y las neurosis de sus allegados, es el doctor Cukrowicz (Montgomery Clift), un cirujano que se ha especializado en la arriesgada y morbosa práctica de la lobotomización. Es decir, que escoge a los pacientes del manicomio que no han respondido a los tratamientos para recuperar la cordura, les tumba en la camilla y les agujerea la cabeza para convertirles en zombis: menos problemáticos, más tranquilos y con breves instantes de lucidez que justifican la realización de estas operaciones a pesar de la precaria salud económica del hospital, dirigido por el enérgico señor Hockstader (Albert Dekker).

Es cuando menos irónico ver a Clift haciendo de cirujano cuando estaba recién salido de las operaciones de cirugía plástica a las que fue sometido para reconstruir su rostro, después de aquel accidente fatal del 12 de mayo de 1956, cuando empotró su coche contra un poste de teléfono tras salir de una fiesta en casa de Elizabeth Taylor. La tormenta interior que siempre pareció desencadenarse en los personajes de Clift -véase ‘De aquí a la eternidad’ (1953)- se agudizó todavía más a raíz del accidente. A veces incluso resulta incómodo seguir la mirada, los gestos y las expresiones de Clift, porque parece que con ellos arrastre un dolor terrible. Otro tipo de tortura fue a la que le sometió Joseph L. Mankiewicz porque estaba insatisfecho con su trabajo, aunque ahí estaban Liz y Kate para echarle un capote. Dicen que la Hepburn llegó a escupir en el rostro del director tras una escena especialmente tensa.


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dic

‘La mujer del año’ (1942)

La mujer del año

El concepto de química es muy propio del cine clásico. Ahora se usa bastante menos, o esa es la sensación que yo tengo. Quizá porque antes había más parejas que repetían en series de películas y que terminaban siendo naturales para el espectador: Humphrey Bogart y Lauren Bacall, Robert Mitchum y Deborah Kerr, Fred Astaire y Ginger Rogers, etc. La relación -profesional e íntima- entre Spencer Tracy y Katharine Hepburn comenzó en 1942 con ‘La mujer del año’, una irregular comedia romántica dirigida por George Stevens que sirvió para que los tórtolos repitieran en ocho ocasiones más hasta el año 1967.

La leyenda dice que Hepburn tuvo mucho que ver en la génesis de ‘La mujer del año’. Primero se hizo con los derechos de un guión que habían escrito los desconocidos Michael Kanin y Ring Lander Jr., para luego revendérselo a Louis B. Mayer. La actriz no reveló el nombre de los guionistas hasta que Mayer soltó la pasta, seguramente porque de haber sabido que no eran dos figuras, habría negociado a la baja. Y, puestos a pedir, la decisión más sorprendente fue renunciar a su director favorito -George Cukor- porque pensaba que Tracy necesitaría “alguien con quien poder hablar de béisbol”. Así que el elegido fue otro George -Stevens- que ya la había dirigido en ‘Sueños de juventud’ (1935).

Está claro que Hepburn estaba como loca por hacer aquella película y es que, entre otras razones, el papel le iba como anillo al dedo. Su personaje era una periodista llamada Tess Harding, una mujer avanzada a su tiempo que conseguía entrevistarse con políticos de primer nivel, que viajaba continuamente y que contaba con un asistente personal -el relamido Gerald, encarnado por Dan Tobin- para organizar su apretadísima agenda. La señorita Harding está en todas partes, es válida tanto para enviar una crónica desde el frente aliado como para hacer un discurso en una convención feminista; sólo tiene un punto flaco: el periodismo deportivo.


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jul

Los trucos de ‘La fiera de mi niña’

¿Quién dijo que en el cine clásico se notan demasiado los efectos especiales? Para demostrar que no es así, al menos no siempre, os ofrecemos este montaje de la comedia de Howard Hawks La fiera de mi niña, rodada en una fecha tan lejana como 1938. Como sabréis, Cary Grant y Katharine Hepburn debían lidiar con un leopardo que causaba bastantes problemas y está claro que no podían arriesgar sus estupendos cuerpos ante las garras de un animal como éste. Así que Vernon L. Walker, uno de los especialistas de la RKO, hizo gala de su inteligencia para montar los planos de manera que fueran creíbles para el espectador. Y el resultado fue excelente. Comprobadlo.

Vía | Crónicas de Cine

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feb

El ascenso y la caída de las estrellas de Hollywood (1936-1945)

Star system

Sé que el cuadro que encabeza este post puede resultar algo caótico a simple vista, pero os animo a que hagáis clic encima y lo miréis con detalle. Es un gráfico de los diez actores más taquilleros de Hollywood entre los años 1936 y 1945. Y como suele ser habitual, la cantidad está reñida con la calidad, ya que los primeros puestos del ranking corresponden a intérpretes de talento limitado, como por ejemplo Shirley Temple, Betty Grable o la pareja formada por Abbott y Costello.

Como bien apuntan en Blogdecine, sorprende la ausencia de pesos pesados de la época como Cary Grant, John Wayne o Katharine Hepburn. De ésta última ya sabemos que era “veneno para la taquilla”. De Wayne podríamos aducir que sólo había protagonizado una de sus grandes películas -La diligencia (1939)- y que habría que esperar hasta los cincuenta para que se convirtiera en un mito. Más inexplicable resulta lo de Grant, que en esa época estrenó Historias de Filadelfia (1940), Serenata nostálgica (1941) o Arsénico por compasión (1944).

Clark Gable y Spencer Tracy son los dos actores más regulares de un ranking que, por muy trivial que nos parezca, era mirado con lupa por las productoras para elegir quién era el mejor candidato para sus películas. Si se hiciera ahora veríamos en los primeros puestos a Will Smith, Johnny Depp, Leonardo DiCaprio, Brad Pitt o Angelina Jolie. Seguro.

Vía | Blogdecine

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oct

Las mejores parejas de la historia

Robert Redford y Paul Newman

Con motivo del estreno de Asesinato justo, que protagonizan Robert de Niro y Al Pacino, The Times ha publicado un informe sobre las 20 mejores parejas de la historia del cine. No se limita a actores, sino que también habla de directores, productores y otros miembros de los créditos de cualquier película. Esto de las listas es muy subjetivo, pero en Plumas de Caballo nos hacemos eco porque cuatro de las cinco primeras parejas pertenecen al periodo clásico. Saltándonos el binomio formado por George Lucas y Dennis Muren, que ocupan el tercer puesto, la clasificación está encabezada por:

5. Marilyn Monroe y Lee Strasberg: a juicio de The Times, la rubia platino acertó de lleno al apuntarse a las clases que impartía el inventor del Método, que redefinió su estilo de actuación en los años previos a los grandes taquillazos de Marilyn.

4. Robert Redford y Paul Newman: inventores del concepto de química en la gran pantalla. No sólo por guapos, sino por buenos actores. Ahí quedan obras del calibre de Dos hombres y un destino (1969) o El golpe (1973).

2. John Ford y John Wayne: el Oeste, Estados Unidos. Así de grandes eran Ford y Wayne. Tanto como su leyenda. Desde La diligencia (1938) hasta El hombre que mató a Liberty Valance (1961), pasando por la imperecedera Centauros del desierto (1956).

Y, por último…


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