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‘La última película’ (1971)
En su libro de entrevistas y curiosidades sobre las estrellas del cine clásico, Peter Bogdanovich escribe que, la noche en que perdió el premio al Mejor Director de los Directors Guild of America, Jack Lemmon pasó a su lado tras la ceremonia y le susurró: “¡Menuda mierda! Has hecho la mejor película de los últimos veinte años.” El premio fue para los directores de ‘The French Connection’, que también dejaron con las ganas a Bogdanovich en los Oscars, donde Lemmon volvió a dedicarle un gesto de solidaridad.
Es difícil corroborar la autenticidad de la anécdota, pero desde luego que ‘La última película’ habría sido una justa vencedora en ambas ceremonias, así que personalmente perdonaría a Bogdanovich si se la hubiera inventado: todo queda compensado por las dos horas de ensoñación en las que te sumerges al apretar el play del DVD.
El primer gran protagonista de ‘La última película’ es Anarene, un minúsculo pueblo de Texas que languidece a principios de los años cincuenta, poco antes de que Estados Unidos entre en guerra con Corea. Hace muchos años que se apagó el esplendor de Anarene, donde apenas viven ya un puñado de vecinos diseminados en casas de una planta con garajes adosados.
El polvo se acumula en las aceras a pesar de los esfuerzos de Billy, el niño sordomudo; los surtidores de la Texaco penden inertes y secos; el billar de Sam (Ben Johnson) se acerca poco a poco a la ruina; en la cafetería, casi nadie pide ya las hamburguesas con queso de Genevieve (Eileen Brennan); el equipo de baloncesto es una calamidad y bate récords negativos jornada tras jornada; y, finalmente, el cine, ese lugar en el que evadirse junto a los gigantes de la pantalla o en el que meter la mano en el escote de tu chica, malvive cobrando las entradas a mitad de precio y reestrenando westerns de John Wayne.












