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13
mar

‘Los sobornados’ (1953)

Los sobornados

Aunque en el antiguo Plumas de Caballo ya dedicamos un post a ‘Los sobornados’, uno nunca se cansa de ver esta película o de escribir sobre ella, así que recuperamos ahora aquellos comentarios y los ampliamos un poquito más. Dirigida por Fritz Lang en 1953 bajo el título original de ‘The Big Heat’, se basa en un serial que escribió William P. McGivern en las páginas del ‘Saturday Evening Post’ y que fue transformado en guión cinematográfico por Sydney Boehm. El resultado: uno de los ‘film noir’ más violentos e insensibles que se rodaron en los cincuenta, rociado de principio a fin por una atmósfera malsana que, sin embargo, te seduce por completo.

Lo primero que oímos en ‘Los sobornados’ es el disparo de un revólver. Lo primero que vemos, el cadáver de un policía que se acaba de suicidar sobre la mesa de su despacho. El negro tiñe ya la primera secuencia de la película y la mancha no dejará de crecer a lo largo del metraje. El sargento Dave Bannion (Glenn Ford) toma la iniciativa para resolver el caso, pero éste no parece tener muchas complicaciones: el muerto padecía una enfermedad terminal y quiso poner fin a su vida antes que sufrir terriblemente. Pero, cuando Bannion está a punto de dar carpetazo al asunto, el chivatazo de una fulana le abre otras sospechas. La fulana es asesinada tras ser objeto de una tortura inhumana, como atestiguan los ojos de Bannion cuando sale de la sala de autopsias. Sin embargo, los jefes del sargento le instan a que abandone el caso, a que no le dé más vueltas; entonces queda claro que la sangre también salpica al corrupto departamento de policía.

Aunque Glenn Ford no está entre mis actores predilectos (siempre me ha parecido que está varios escalones por debajo de los grandes del género, como Bogart o Mitchum), quizá es el más indicado para encarnar al detective Bannion por ese aire de franqueza y honestidad que transmitía su limpio rostro y su flequillo domado. Pero Fritz Lang no tuvo piedad con su personaje. Lo humanizó tanto como pudo: lo convirtió en un marido ejemplar, que ayudaba en las tareas domésticas, que era simpático y cariñoso con su mujer y que siempre tenía dulces palabras para su hija… para después hacerle sufrir el peor de los martirios posibles y despertar en su interior un irrefrenable sentimiento de venganza.


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17
may

‘Doce del patíbulo’ (1967)

Doce del patíbulo

Sé que Quentin Tarantino es un gran amante del cine clásico, sobre todo del que se hizo en los sesenta y setenta, de los spaghetti western de Sergio Leone y del género sexploitation que abanderó Russ Meyer. Y sé que entre sus gustos también hay muchas referencias al cine bélico. Por eso no me sorprendería que ‘Doce del patíbulo’ fuera una de sus películas favoritas; sin ir más lejos, la excelente ‘Malditos bastardos’ recuerda bastante al film de Robert Aldrich, estrenado en Estados Unidos el 15 de junio de 1967.

Lo primero que se debe decir de ‘Doce del patíbulo’ es que su reparto es irrepetible, que se encuentra por derecho propio entre los mejores de la historia del cine. Muy pocas películas pueden presumir de haber contado con cuatro o cinco estrellas de primera categoría y otras cuatro o cinco de nivel escasamente inferior en una producción con tanta fuerza, a las órdenes de un director tan capaz y, por supuesto, con unas interpretaciones magistrales por parte de todos los protagonistas. Ya la secuencia de los títulos de crédito -que no se incluye al inicio del film, sino cuando ya han transcurrido unos minutos- es una gozada. A cada nombre ilustre le sucede uno de rango similar, y cada primer plano de los condenados nos hace tener la certeza de que nos lo vamos a pasar muy bien en las siguientes dos horas y cuarto de cine.

‘Doce del patíbulo’ (‘The Dirty Dozen’, en su versión original), fue la primera novela del todavía activo E. M. Nathanson, que nunca ha vuelto a conseguir un éxito igual. Para la adaptación a la gran pantalla, Aldrich contó con dos valores seguros como Nunnally Johnson y Lukas Heller. Se trataba de narrar la historia de una docena de condenados a muerte -o, en el mejor de los casos, a 30 años de trabajos forzados- que, en mitad de la Segunda Guerra Mundial, reciben una oferta del major Reisman (Lee Marvin), a su vez enviado por el general Worden (enorme Ernest Borgnine). Dicha oferta consiste en participar voluntariamente en una misión secreta que les debe llevar a asaltar una mansión francesa ocupada por los nazis y matar a todos los altos cargos que se encuentran allí. A cambio, estos doce hombres verían conmutadas sus penas; incluso podrían volver a ser libres.


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