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4
oct

Por qué me gusta el cine clásico

John Wayne y Maureen OHara en El hombre tranquilo

Hoy no voy a hablar de ningún tema de actualidad relacionado con el cine clásico. Tampoco voy a criticar -para bien o para mal- ninguna película. Ni a biografiar a la estrella de turno que nos ha abandonado a los ochenta y tantos. Ni a comentar los estrenos en DVD para el mes de octubre, cosa que ya debería haber hecho. Ni voy a rescatar una foto de los años cuarenta para analizar en detalle el gesto de aquel actor, la mirada de aquella actriz, la orden de aquel director. No, tampoco. Escribir en este blog es un placer y, a veces, también un desahogo. Así que hoy, un lunes con más nubarrones de los que se han visto en el cielo, me tomo la licencia de explicaros por qué me gusta el cine clásico; pregunta que todos los que me conocéis personalmente me habéis hecho alguna vez.

Para empezar, me gusta el cine. Todo el cine. Las películas pueden ser excelentes, buenas, pasables, malas u horribles sin importar el nombre del director, el reparto, el país donde se ha rodado, el presupuesto con el que ha contado o el año de su estreno. Con esto quiero decir que también en la llamada época clásica del cine -para abreviar: desde la aparición del sonido en 1929 hasta la caída de las ‘majors’ a finales de los cincuenta- se hicieron malas películas. Decir lo contrario es practicar un esnobismo ridículo. Sería como adorar a David Lynch por haber rodado el plano fijo de una mierda de perro durante 120 minutos. Aunque estoy seguro de que algún enfermo le aplaudiría por el mero hecho de ser David Lynch o por el morbo de ir contra la opinión mayoritaria de la gente.

Por lo tanto, decir que “ya no se hacen películas como las de antes” o que “el mejor cine es en blanco y negro” es una soberana gilipollez. La cartelera actual rezuma basura por doquier, pero al cabo del año hay una docena de películas que merecen el sobresaliente y que no desentonarían en un ranking histórico al lado de ‘Lo que el viento se llevó’ o ‘Ciudadano Kane’. Mi pasión por el cine clásico -una amiga me dijo este fin de semana que ya no lo puedo llamar hobby porque le dedico demasiado tiempo- viene dada por la calidad de sus películas, sí, pero también por otro modo de trabajar, de dirigir, de actuar, de producir, de sonorizar, de escribir, de montar, de fotografiar y hasta de sentir, que no se estilan en el séptimo arte desde hace varias décadas. La diferente manera de ensamblar todas estas características es lo que otorga al cine clásico un aura especial y mágico que me mantiene pegado a la pantalla desde el primer fotograma y rara vez me provoca aburrimiento.

Supongo que gran parte de esa pasión -a ver si interiorizo el término de una vez- se debe a una curiosidad nada disimulada por saber cómo se hacían las películas en el pasado, pero también por comprender por qué se hacían así. Como muchos sabéis, me aficioné al cine clásico a través de los hermanos Marx. Ver a esos hombrecillos saltando de aquí para allá en una copia defectuosa de ‘Sopa de ganso’ no sólo me divirtió; también hizo germinar en mí el deseo por saber más; por descubrir, por ejemplo, por qué después de cada gag había una especie de pausa que cortaba el ritmo del film (era para que la gente se riera a gusto y llegara a tiempo de oír el chiste siguiente).


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21
mar

‘Un secreto de mujer’ (1949)

Gloria Grahame

Nicholas Ray fue uno de los directores que estuvieron en la nómina de la RKO desde finales de los años cuarenta. Sus títulos más emblemáticos aún estaban por llegar, pero ya en la productora de Howard Hugues rodó buenas películas. No fue el caso de Un secreto de mujer, a la que dedicamos la siguiente crítica.

Las protagonistas son Marian (Maureen O’Hara) y Susan (Gloria Grahame). La primera fue una cantante de voz extraordinaria que contrajo laringitis durante una de sus actuaciones y jamás volvió a recuperarse. Para superar el trance, aceptó pulir el diamante en bruto que era la joven Susan, hasta convertirla en la famosa Estrellita. El acompañante de ambas es un cínico pianista llamado Luke Jordan (Melvyn Douglas). Sinopsis que, de lejos, muy de lejos, recuerda a la Eva que aún estaba por desnudarse.

En la primera escena del film, Susan llega disgustada tras una rutinaria actuación radiofónica, se pelea con Marian y se encierra en su habitación. A los pocos minutos, Marian entra en el cuarto y cierra la puerta. Nicholas Ray no deja que veamos nada más. Volvemos al comedor, donde la criada limpia el polvo con total despreocupación. Silencio absoluto. Y de repente, un disparo. La criada sube las escaleras, abre la puerta y ve a Susan tendida en el suelo, con una bala cerca del corazón. Marian ya está llamando a la policía para confesarse. Pero Luke, que llega poco después, está convencido de su inocencia.


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