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Johnny Depp, en el remake de ‘La cena de los acusados’
Tengo que decir que hace ya varios años que vi ‘La cena de los acusados’ (‘The Thin Man’, 1934), pero el recuerdo que tengo es el de una película que me dejó bastante frío. Supongo que me traicionaron las expectativas por las críticas que había leído en Internet y que aseguraban que era una de las mejores comedias de los años treinta. Para mi gusto se queda muy lejos de ‘Un ladrón en la alcoba’ (‘Trouble in Paradise, 1932), por citar un film del mismo estilo. Pero como he seguido leyendo comentarios de admiración por aquí y por allá, me obligaré a verla de nuevo, no sea que aquella noche estuviera cabreado con el mundo.
Saco ‘La cena de los acusados’ al blog porque estos días se ha publicado que Johnny Depp va a protagonizar (y a producir) su remake, mientras que el guión correría a cargo de un veterano de la televisión como Jerry Stahl. Depp encarnaría, por tanto, a Nick Charles (William Powell en la original), un detective retirado que acepta investigar un caso de asesinato en Nueva York para recuperar la chispa de su rutinario matrimonio con la hermosa Nora (Myrna Loy). Hay tantísimos sospechosos que Nick decide organizar una cena y, entre plato y plato, ir desenmascarando al culpable.
Producida por la Metro-Goldwyn-Mayer, que había comprado los derechos de la novela original de Dashiel Hammett, y concebida en primer término como una película de serie B con apenas 231.000 dólares de presupuesto, el resultado fue un éxito asombroso de taquilla: la recaudación ascendió a 1,4 millones de dólares. Una cifra récord si además tenemos en cuenta que el director, W.S. Van Dyke, sólo tardó 12 días en completar el rodaje. No es de extrañar que William Powell y Myrna Loy repitieran otras doce veces como pareja protagonista (ésta era la segunda).
Aparte de confirmar la presencia de Depp, ahora falta saber quién hará de Nora y, sobre todo, quién se sentará en la butaca de director para conseguir que los espectadores del siglo XXI puedan disfrutar tanto como lo hicieron los de hace 75 años.
Vía | Versión muy original
ene
‘El gran Ziegfeld’ (1936)
Hace solo unos días, cuando le dedicamos un post a Luise Rainer por su centenario, dijimos que en breve repasaríamos una de las dos películas que la llevaron al Oscar. La elegida es ‘El gran Ziegfeld’, un biopic pomposo, excesivo y recargado sobre uno de los productores más importantes de Broadway en los años diez y veinte del siglo pasado; un personaje que muy probablemente compartía los adjetivos con los que nos hemos referido a la película. Por su parte, Rainer interpretó a Anna Held, la mujer que impulsó la carrera de Ziegfeld con la fuerza de sus cuerdas vocales.
Rodar ‘El gran Ziegfeld’ costó muchísimo dinero; tanto que, la Universal, propietaria de los derechos, tuvo que vendérselos a la Metro-Goldwyn-Mayer al no poder hacer frente a los gastos. Se estima que el presupuesto final superó los dos millones de dólares, cantidad enorme para aquella época, prácticamente lo mismo que costó rodar ‘El mago de Oz’ tres años después. No hay duda de que gran parte del dinero fue a parar a los bolsillos del actor protagonista, William Powell, pero el mayor derroche se lo llevaron los números musicales con los que se abrillantó la película. Uno de ellos, ‘A pretty girl is like a melody’, costó 200.000 dólares, bastante más de lo que necesitaba el señor Ziegfeld para producir alguno de sus éxitos teatrales.
Florenz Ziegfeld -que se llamaba igual que su padre y por eso utilizaba el ‘Jr.’ al final de su nombre en los carteles que anunciaban los espectáculos- fue el típico empresario ‘yankee’: emprendedor, ambicioso, optimista por naturaleza, cien por cien pragmático, capaz de dejar los escrúpulos bajo la alfombra para recobrar el equilibrio de su imperio. Procedía de una familia alemana de buena reputación que se había instalado en Chicago hacia 1860; el padre fundó una prestigiosa escuela de música que aún hoy sigue abierta. Pero el joven Ziegfeld quería llegar a ser alguien importante de verdad, tener fama, dinero y mujeres. Y empezó su camino aprovechando la Exposición Universal que acogió Chicago en 1893. Allí presentó a Eugen Sandow, padre del culturismo moderno, como “el hombre más fuerte del mundo”.














