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22
mar

‘El embrujo de Shanghái’ (1941)

El embrujo de Shanghái

Inicialmente, El embrujo de Shanghái fue una obra de teatro concebida por el dramaturgo John Colton. Aunque nacido en Minneapolis, Colton pasó la mayor parte de su infancia en Japón y dejó fluir su vertiente asiática en varios de sus libretos, así como un desinhibido interés por las bajas pasiones del ser humano. ‘The Shanghai Gesture’ se estrenó en Broadway el 1 de febrero de 1926, alzó el telón en 206 ocasiones e incluso tuvo un pequeño reestreno dos años después. Sin embargo, tuvieron que pasar más de quince años para que la obra fuera adaptada a la gran pantalla. El motivo: la censura moral del código Hays, un escollo que desanimaba al más osado de los productores.

Lo que más molestaba al señor Hays -y también al consulado chino- es que la obra tenía lugar en un burdel regentado por la imperturbable Madre Goddam, en el cual se traficaba con drogas mientras los clientes adquirían los servicios de prostitutas ninfómanas. Después de leer esta sinopsis, lo normal es que cualquier empleado de Hays tirase el guión a la basura y enviara a su autor al infierno. Pero en Hollywood siempre había quien intentaba sortear los obstáculos de los censores con astucia, talento y un poco de suerte.

En este caso, el valiente fue un hombre que sabía de lo que hablaba: Josef von Sternberg. El propio director se encargó de adaptar el libreto de Colton, concediendo un cambio importante para pasar el filtro: ‘El embrujo de Shanghái’ se desarrollaría en un casino y no en un burdel. Luego, Von Sternberg se ganó la confianza de un productor eslovaco llamado Arnold Pressburger, que financió la película con un millón de dólares.

La nueva sinopsis quedaba pues de la siguiente manera. Estamos en la víspera del Año Nuevo chino en Shanghái, una ciudad que huele a pecado en cada una de sus esquinas. Madre Gin Sling (Ona Munson) dirige uno de los casinos más populares, donde hay tiempo para jugar a la ruleta, al blackjack, al poker y un sinfín de actividades en las que los incautos se dejan el dinero. El ambiente es opresivo, irrespirable, como recrean perfectamente Von Sternberg y el fotógrafo Boris Leven, que obtuvo la nominación al Oscar, al igual que el compositor Richard Hageman por la banda sonora.


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