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dic

Pedid más cine clásico por Navidad

El apartamento

Decía Cortázar, refiriéndose a una máquina de escribir Remington, que las cosas movibles parecen doblemente quietas cuando no se mueven. En fiestas señaladas como Nochebuena o Navidad me acuerdo de esta frase porque cuando la gente se va de casa tras la cena, los turrones, el cava y los villancicos, todo parece estar doblemente en silencio. Te invade así una agradable sensación de soledad, de necesidad de estar con uno mismo después de haber compartido las últimas horas con personas a las que quieres… y con otras a las que no quieres tanto. No, ese no es el momento de irse a la cama: es el de servirse otra copa de cava y elegir un DVD de cine clásico de nuestra colección. Os aseguro que la experiencia es doblemente satisfactoria.

La típica opción de ‘¡Qué bello es vivir!’ siempre es recomendable, a menos que nos hayamos empachado de nostalgia durante la cena recordando a los amigos y familiares que ya no están con nosotros. O sí, quién sabe, a lo mejor con la película de Capra expulsamos todas esas emociones que hemos ido ocultando y que no es bueno guardarse, porque encharcan el alma. En este sentido, también es sano dejarse llevar, una vez más, por la melancólica historia de amor que viven Jack Lemmon y Shirley MacLaine en ‘El apartamento’.

Pero, ¿por qué entristecerse? A mí, en las últimas navidades, me ha dado por ponerme películas de Chaplin. Y eso que el resto del año pocas veces me acuerdo de él. No es que no me guste, pero por alguna extraña razón que se me escapa, siempre lo asocio a “estas fiestas tan entrañables”. Por ejemplo, hace dos Nocheviejas vi ‘La quimera del oro’, que por cierto se desarrolla en mitad de un terrible temporal de nieve. Y, en caso de duda, siempre puedo recurrir a alguna de las trece películas de los hermanos Marx, que figuran en un lugar destacado de la estantería (bueno, en realidad son doce porque le presté ‘Sopa de ganso’ a un amigo y aún no me la ha devuelto… claro que yo le he dejado sin ‘Bailar en la oscuridad’).

En fin, que no os voy a aburrir con mis experiencias de cine clásico en Navidad, ni os voy a citar todas las películas que tienen abetos, renos y papanoeles como protagonistas. Pero, eso sí, os pido que hagáis la prueba de poneros una película en blanco y negro, con las luces apagadas, cuando todavía no hayáis recogido el mantel ni lavado los platos. Y si es compañía de alguien por quien daríais vuestro corazón, mucho mejor. Ya me contaréis. Feliz Navidad a todos desde Plumas de Caballo.

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oct

Por qué me gusta el cine clásico

John Wayne y Maureen OHara en El hombre tranquilo

Hoy no voy a hablar de ningún tema de actualidad relacionado con el cine clásico. Tampoco voy a criticar -para bien o para mal- ninguna película. Ni a biografiar a la estrella de turno que nos ha abandonado a los ochenta y tantos. Ni a comentar los estrenos en DVD para el mes de octubre, cosa que ya debería haber hecho. Ni voy a rescatar una foto de los años cuarenta para analizar en detalle el gesto de aquel actor, la mirada de aquella actriz, la orden de aquel director. No, tampoco. Escribir en este blog es un placer y, a veces, también un desahogo. Así que hoy, un lunes con más nubarrones de los que se han visto en el cielo, me tomo la licencia de explicaros por qué me gusta el cine clásico; pregunta que todos los que me conocéis personalmente me habéis hecho alguna vez.

Para empezar, me gusta el cine. Todo el cine. Las películas pueden ser excelentes, buenas, pasables, malas u horribles sin importar el nombre del director, el reparto, el país donde se ha rodado, el presupuesto con el que ha contado o el año de su estreno. Con esto quiero decir que también en la llamada época clásica del cine -para abreviar: desde la aparición del sonido en 1929 hasta la caída de las ‘majors’ a finales de los cincuenta- se hicieron malas películas. Decir lo contrario es practicar un esnobismo ridículo. Sería como adorar a David Lynch por haber rodado el plano fijo de una mierda de perro durante 120 minutos. Aunque estoy seguro de que algún enfermo le aplaudiría por el mero hecho de ser David Lynch o por el morbo de ir contra la opinión mayoritaria de la gente.

Por lo tanto, decir que “ya no se hacen películas como las de antes” o que “el mejor cine es en blanco y negro” es una soberana gilipollez. La cartelera actual rezuma basura por doquier, pero al cabo del año hay una docena de películas que merecen el sobresaliente y que no desentonarían en un ranking histórico al lado de ‘Lo que el viento se llevó’ o ‘Ciudadano Kane’. Mi pasión por el cine clásico -una amiga me dijo este fin de semana que ya no lo puedo llamar hobby porque le dedico demasiado tiempo- viene dada por la calidad de sus películas, sí, pero también por otro modo de trabajar, de dirigir, de actuar, de producir, de sonorizar, de escribir, de montar, de fotografiar y hasta de sentir, que no se estilan en el séptimo arte desde hace varias décadas. La diferente manera de ensamblar todas estas características es lo que otorga al cine clásico un aura especial y mágico que me mantiene pegado a la pantalla desde el primer fotograma y rara vez me provoca aburrimiento.

Supongo que gran parte de esa pasión -a ver si interiorizo el término de una vez- se debe a una curiosidad nada disimulada por saber cómo se hacían las películas en el pasado, pero también por comprender por qué se hacían así. Como muchos sabéis, me aficioné al cine clásico a través de los hermanos Marx. Ver a esos hombrecillos saltando de aquí para allá en una copia defectuosa de ‘Sopa de ganso’ no sólo me divirtió; también hizo germinar en mí el deseo por saber más; por descubrir, por ejemplo, por qué después de cada gag había una especie de pausa que cortaba el ritmo del film (era para que la gente se riera a gusto y llegara a tiempo de oír el chiste siguiente).


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Feliz Navidad

Que bello es vivir

Como dice el villancico, esta noche es Nochebuena y mañana, Navidad. Así que sacad vuestras botas y emborracharos. Serán necesarias grandes dosis de alcohol para soportar a esos familiares tan queridos que vienen a dar la brasa, los anuncios de juguetes, la indigestión de turrón y polvorones, e incluso para libraros de aquellos pesados (como el que suscribe) que no dejan de recordaros la hipocresía de estas fiestas. Además, puede que hasta recibáis un regalo especial de parte de Santa Claus. En Plumas de Caballo ya nos ha dejado varios nuevos lectores a los que agradecer sus palabras y comentarios. A todos ellos, y a los habituales del blog, que paséis una Feliz Navidad. Y cuando todo el mundo se marche y os quedéis en casa a oscuras, poned el DVD de ¡Qué bello es vivir! Venga, si lo estáis deseando…

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El cine y la comunidad

Henry Fonda en Las uvas de la ira

Buscando contenidos interesantes para el blog, me he topado con un artículo que relaciona la crisis económica que estamos padeciendo a nivel mundial con la Gran Depresión que asoló los Estados Unidos en los años treinta. Como es lógico -por eso la posteo- se trata de una reflexión cinéfila. La escribió el periodista y crítico Anthony O. Scott el pasado 20 de diciembre en The New York Times.

Dice Scott: “Las películas siguen siendo un arte popular, lo que significa ‘arte para el pueblo’. A diferencia del paisaje atomizado y solitario de los iPods y las televisiones panorámicas, la multitud de una sala de cine es la imagen de una comunidad. Esto podría ser un legado de la Gran Depresión, que recordamos como la edad de oro de las películas. Por aquel entonces, todo el mundo acudía al cine porque pasara lo que pasara, lo pasaban juntos.”

Al hilo de esta afirmación, Scott entiende que el público necesita evadirse de la cruda realidad con productos de consumo rápido. Pero, según él, también son necesarios esos films que muestren la realidad tal como es, que haya personajes como el George Bailey de ¡Qué bello es vivir! o la familia Joad de Las uvas de la ira que suministren mensajes de solidaridad y redención. En este sentido, Scott echa en falta películas de contenido social tipo Ángeles con caras sucias.

Recomiendo que echéis un vistazo al artículo (de fácil lectura, aunque esté en inglés), que también propone un curioso paralelismo entre la crisis que padeció el cine con la llegada del sonido en 1929 y la que padece en la actualidad ante fenómenos como Youtube.

Vía | The New York Times

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