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Por qué me gusta el cine clásico
Hoy no voy a hablar de ningún tema de actualidad relacionado con el cine clásico. Tampoco voy a criticar -para bien o para mal- ninguna película. Ni a biografiar a la estrella de turno que nos ha abandonado a los ochenta y tantos. Ni a comentar los estrenos en DVD para el mes de octubre, cosa que ya debería haber hecho. Ni voy a rescatar una foto de los años cuarenta para analizar en detalle el gesto de aquel actor, la mirada de aquella actriz, la orden de aquel director. No, tampoco. Escribir en este blog es un placer y, a veces, también un desahogo. Así que hoy, un lunes con más nubarrones de los que se han visto en el cielo, me tomo la licencia de explicaros por qué me gusta el cine clásico; pregunta que todos los que me conocéis personalmente me habéis hecho alguna vez.
Para empezar, me gusta el cine. Todo el cine. Las películas pueden ser excelentes, buenas, pasables, malas u horribles sin importar el nombre del director, el reparto, el país donde se ha rodado, el presupuesto con el que ha contado o el año de su estreno. Con esto quiero decir que también en la llamada época clásica del cine -para abreviar: desde la aparición del sonido en 1929 hasta la caída de las ‘majors’ a finales de los cincuenta- se hicieron malas películas. Decir lo contrario es practicar un esnobismo ridículo. Sería como adorar a David Lynch por haber rodado el plano fijo de una mierda de perro durante 120 minutos. Aunque estoy seguro de que algún enfermo le aplaudiría por el mero hecho de ser David Lynch o por el morbo de ir contra la opinión mayoritaria de la gente.
Por lo tanto, decir que “ya no se hacen películas como las de antes” o que “el mejor cine es en blanco y negro” es una soberana gilipollez. La cartelera actual rezuma basura por doquier, pero al cabo del año hay una docena de películas que merecen el sobresaliente y que no desentonarían en un ranking histórico al lado de ‘Lo que el viento se llevó’ o ‘Ciudadano Kane’. Mi pasión por el cine clásico -una amiga me dijo este fin de semana que ya no lo puedo llamar hobby porque le dedico demasiado tiempo- viene dada por la calidad de sus películas, sí, pero también por otro modo de trabajar, de dirigir, de actuar, de producir, de sonorizar, de escribir, de montar, de fotografiar y hasta de sentir, que no se estilan en el séptimo arte desde hace varias décadas. La diferente manera de ensamblar todas estas características es lo que otorga al cine clásico un aura especial y mágico que me mantiene pegado a la pantalla desde el primer fotograma y rara vez me provoca aburrimiento.
Supongo que gran parte de esa pasión -a ver si interiorizo el término de una vez- se debe a una curiosidad nada disimulada por saber cómo se hacían las películas en el pasado, pero también por comprender por qué se hacían así. Como muchos sabéis, me aficioné al cine clásico a través de los hermanos Marx. Ver a esos hombrecillos saltando de aquí para allá en una copia defectuosa de ‘Sopa de ganso’ no sólo me divirtió; también hizo germinar en mí el deseo por saber más; por descubrir, por ejemplo, por qué después de cada gag había una especie de pausa que cortaba el ritmo del film (era para que la gente se riera a gusto y llegara a tiempo de oír el chiste siguiente).
mar
Ciclo Cara de Poker: ‘El poker de la muerte’ (1968)
En nuestra tercera partida de poker en Plumas de Caballo vamos a hablar de una película un tanto atípica que produjo la Paramount en 1968 con el título original de ‘5 Card Stud‘. Aquí, como de costumbre, nos tomamos la licencia de traducirlo a nuestro antojo y lo bautizamos como ‘El poker de la muerte’; título bastante más explícito pero, en cualquier caso, acorde con la sinopsis del film.
Basada en una novela de Ray Gaulden que adaptó convenientemente Marguerite Roberts, ‘El poker de la muerte’ fue dirigida por Henry Hathaway. En aquella época ya era habitual que los equipos de rodaje de los nuevos westerns se trasladaran al desierto de Almería, pero Hathaway -un artesano cuyos métodos de trabajo habría elogiado John Ford- prefirió que las cámaras se instalaran donde realmente ocurría la acción: en Durango, un pueblo mexicano que había sido fundado por los primeros emigrantes vascos.
‘El poker de la muerte’ es una película bicéfala, pues son dos las estrellas que encabezan el reparto. En primer lugar tenemos a Dean Martin, un carismático jugador de poker que se gana la vida repartiendo las cartas… y quedándose las mejores manos. Nada que objetar salvo por el hecho de que todos los integrantes de la última partida en la que jugó empiezan a morir uno a uno mientras él huye sospechosamente a Denver, Colorado; según dice, para evitarse problemas y seguir probando fortuna. Martin cumple con su rol sin grandes alardes y acaricia nuestros oídos con ’5 Card Stud’, la canción que da nombre a la película y que compuso Maurice Jarre.
mar
Fallece Peter Graves
En la mayoría de medios de comunicación podéis encontrar este lunes la necrológica de Peter Graves. El actor, natural de Minneapolis, donde nació el 18 de marzo de 1926, nos dijo adiós el domingo en su casa de Pacific Palisades. Las notas de prensa informan de que Graves acababa de volver de un desayuno junto a su esposa e hijas cuando sufrió un ataque al corazón. Cuatro días más y habría cumplido 84 años.
Graves era un hombre alto -1,88 m.-, zurdo y con un característico cabello blanco al que estará asociado cuando hagamos memoria para recordarlo. En su juventud fue deportista y aprendió a tocar el saxofón. Luego, antes de peinar canas, se pasó al cine. Debutó en 1951 como secundario de Rory Calhoun en ‘Rogue River’ y pasó el resto de la década entre westerns y cintas de ciencia ficción de serie B. Pero en los cincuenta también logró un pequeño papel en una película muy querida en este blog, la única película que dirigió Charles Laughton y en la que Robert Mitchum encarnaba a un cínico predicador.
Efectivamente, Peter Graves sale en ‘La noche del cazador’. Apenas unos minutos, cuando la historia acaba de arrancar; pero su personaje es crucial porque es quien desencadena todo lo que sucede después. Graves es Ben Harper, el angustiado padre de familia que, harto de ver que sus hijos pasan hambre por la maldita Depresión, atraca un banco y roba una fortuna. Ben llega a casa corriendo, con la policía pisándole los talones, pero le da tiempo de esconder el dinero en la muñeca de su hija Pearl. Acto seguido, le pide a ella y a su hijo John que sepan mantener el secreto. En la siguiente escena le vemos compartiendo celda con el reverendo Powell, que le intenta sonsacar información chantajeándolo con la gloria eterna… a lo que Ben responde con un puñetazo en los morros. Seguro que fue de los pocos hombres que pudo pegar a Mitchum sin temor a que éste le devolviera el golpe.
El momento cumbre de su carrera llegó a mediados de los sesenta con la serie de televisión ‘Misión: Imposible’, por la que ganó un Globo de Oro al Mejor Actor después de haber sido nominado en tres ocasiones. Además, fue el surrealista comandante Clarence Oveur en ‘¡Aterriza como puedas!’ (1980); según reconoció el propio Graves, fueron sus amigos quienes le convencieron para aceptar el papel, porque al leer el guión se sintió “insultado” y lo descartó. Sin él -y sin Lloyd Bridges o Leslie Nielsen- no nos habríamos reído tanto. Gracias, Peter. Descansa en paz.
PD: En la continuación del post tenéis el vídeo de las dos escenas de Peter Graves en ‘La noche del cazador’.
Vía | El Mundo
dic
Libro: ‘Todo Marlowe’
He aquí un libro que podríamos haber incluido tranquilamente en el post sobre los regalos para la Navidad 2009. Se titula ‘Todo Marlowe’, lo edita RBA dentro de su colección Serie Negra e incluye las cuatro primeras novelas protagonizadas por Philip Marlowe, el cínico detective creado por Raymond Chandler en los años treinta. Son un total de 1.392 páginas, las que componen ‘El sueño eterno’ (1939), ‘Adiós, muñeca’ (1940), ‘La ventana siniestra’ (1942) y ‘La dama del lago’ (1943). El precio puede parecer elevado -35 euros- pero si lo dividimos por cada libro y, sobre todo, si tenemos en cuenta la calidad de los mismos, la cifra queda totalmente justificada.
De la decena de actores que en la historia del cine han encarnado a Philip Marlowe, dos han pasado a la posteridad por su particular carisma y su plena identificación con el personaje. El primero es Humphrey Bogart, que lo bordó junto a Lauren Bacall en ‘El sueño eterno’ pese a la ceguera de la Academia de Hollywood, que pasó por alto la película dirigida por Howard Hawks. El segundo es Robert Mitchum, que le dio vida en ‘Adiós, muñeca’ y en el remake de ‘El sueño eterno’, cuando ya rozaba los 60 años. Imposible decidirse por alguno de los dos; lo curioso es que, para Chandler, el Marlowe ideal habría sido Cary Grant.
No soy ningún experto en Marlowe -solo he leído dos de sus once aventuras- pero creo que es común la opinión de que cuesta un poco entrar en su mundo. El estilo de Chandler es algo rocambolesco -él mismo admitió haberse olvidado de quién había matado a un personaje secundario mientras escribía ‘El sueño eterno’- y las frases son secas, cortantes. Pero merece la pena el esfuerzo, merece la pena entrar en ese mundo de whisky, cigarrillos, mujeres fatales y balazos en la oscuridad. Y, mientras leemos, cada uno que escoja a su favorito: Bogart o Mitchum, Mitchum o Bogart. O a los dos.
Vía | El Norte de Castilla
nov
‘Hasta el fin del tiempo’ (1946)
Que los problemas nacionales no se habían acabado con la victoria en la Segunda Guerra Mundial era algo que los estadounidenses sabían muy bien. Incluso en un lugar tan impersonal como Hollywood surgían ideas para golpear la conciencia de los espectadores, para servirles en platos de mal gusto los dramas personales de los soldados que no podían escapar del horror de la guerra aunque Hiroshima y Nagasaki ya hubieran dejado de humear. Quizá fue William Wyler quien mejor nos habló de ello en Los mejores años de nuestra vida, pero no fue el único: Edward Dmytrik hizo lo propio ese mismo año con Hasta el fin del tiempo.
La película se basa en una novela de Niven Busch y arranca en la base militar de San Diego, donde tres soldados reciben la licencia que les convierte oficialmente en veteranos de guerra. Guy Madison -un ex oficial de la Marina- encarna a Cliff Harper, un joven que ha visto cómo los tres años en el frente han roto su sueño de convertirse en ingeniero, haciéndole vivir en un hastío permanente del que ni sus padres pueden sacarle. Al menos está de una pieza; su amigo Perry (Bill Williams) no puede decir lo mismo, ya que le han tenido que amputar las dos piernas. Huelga decir el infierno por el que está pasando junto a su madre.
El tercer protagonista es William Tabeshaw, interpretado por la flamante estrella de la RKO en aquellos momentos: Robert Mitchum. También él ha vuelto de la guerra lisiado, con una placa de plata inscrustada en la parte posterior de la cabeza. Aún así, es el más optimista de los tres. Creció en una zona rural del Medio Oeste y es ahí adonde quiere regresar, para ocuparse de su propio rancho y tener contenta una hipotética esposa. Hacía muy poco que Mitchum había vuelto de la guerra -no estuvo en primera línea de combate pero sí en las enfermerías donde curaban a los soldados- y quizá por ello se implicó en gran medida con su personaje, al que dotó de una naturalidad extraordinaria.
jun
‘Heaven & Hell to play with’, todos los secretos del cazador
Gracias a Gloria, gran estudiosa de la vida y obra de Charles Laughton, me enteré de la existencia de Heaven & Hell to play with, un libro de Preston Neal Jones que explicaba todos los entresijos de La noche del cazador. Por supuesto no había forma de encontrarlo en España, así que tuve que esperar unas semanas para que cruzara el Atlántico y otras cuantas para poder leerlo; mis profes de Inglés estarían orgullosos. Pero el esfuerzo ha merecido la pena.
Jones escribió el libro en 2002 basándose en entrevistas realizadas al equipo técnico y artístico de la película, pero también ayudándose del material filmado que se quedó en la sala de montaje y que, hasta la fecha, sólo puede verse en la Universidad de California. Ocho horas de tomas, escenas eliminadas, variaciones de diálogos y anécdotas del reparto que podemos reproducir en nuestras cabezas durante 400 páginas, a la espera de que alguna distribuidora las incluya en una edición en DVD que sea como Dios manda (nunca mejor dicho).
Como es lógico, el hilo conductor del relato es Charles Laughton. Es digna de elogio la obstinación de este hombre por llevar adelante su proyecto y, de paso, es aún más digno resaltar la injusticia que se cometió al no dejar que nunca más pudiera dirigir una película. Porque si La noche del cazador ha pasado a la historia del cine y es considerada una obra de culto, es por la mirada de Laughton a través de la cámara. Un hombre de talento que, en contra de la leyenda popular, se portó muy bien con los niños protagonistas (aunque intuyo que la niña no era muy de su gusto) y se dejó aconsejar por fotógrafos, diseñadores de producción y músicos. En este sentido, había algo de inseguridad en el comportamiento de Laughton, y es normal si tenemos en cuenta que era su debut.
may
Calypso is like so…
La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida. Paseas tu mirada por los estantes de un centro comercial al que no voy a hacerle más publicidad de la que le hago normalmente y… ¡zas! Te encuentras cara a cara con un disco que llevas persiguiendo varios años y que desconocías que hubiera atravesado el Atlántico. Efectivamente: alguien se ha dignado a traer a España Calypso is like so…, uno de los escasos álbumes del gran actor Robert Mitchum. Gracias, gracias, gracias.
Mitchum era aficionado a la música desde pequeño (tocaba el piano y el saxofón) y, cuando se emborrachaba, cosa que ocurría con frecuencia, obligaba a sus compañeros de trabajo a escuchar su voz. La verdad es que no lo hacía nada mal. En 1957 descubrió los ritmos calipsos de Trinidad y Tobago, donde se encontraba rodando una película de segunda fila llamada Fuego escondido, junto a Rita Hayworth y Jack Lemmon. Hacía poco que Harry Belafonte había introducido el calipso en Estados Unidos, con mucho éxito; por ello, la Capitol Records aceptó que Mitchum quisiera grabar su propio disco.
Las letras irónicas, divertidas y provocativas de temas como From a logical point of view, Matilda, Mama Looka Boo Boo o Coconut water iban como anillo al dedo para el estilo cínico de Mitchum, que demostró no tener nada que envidiar a los profesionales del género. La portada del disco ya es de por sí memorable: Mitchum con la camisa desabrochada, sosteniendo una copa de whisky y un cigarrillo, con su característica mirada de hurón y una morena despampanante a sus espaldas. Que quede claro quién era el auténtico rey del ‘cool’.
mar
‘Ava Gardner, una diosa con pies de barro’
Lee Server es uno de los biógrafos más importantes del cine clásico. Algún día hablaremos con detalle de su extraordinario relato sobre Robert Mitchum, elegido mejor libro del año por Los Angeles Times en 2001. Cinco años después, Server publicó la biografía de otra estrella de Hollywood que respondía a los cánones de rebeldía, libertad y escándalo; una actriz cuyo nombre de tres letras doblaba las rodillas de los más machos.
Me gustó más la biografía de Mitchum que Ava Gardner, una diosa con pies de barro, pero quizá influya que también me gustan más las películas de él que las de ella. Sin embargo, Server vuelve a realizar un trabajo excelente al documentar todo el proceso que convirtió a Ava en objeto de adoración.
Apoyado en los testimonios de excompañeros de clase, vecinos y familiares, la narración consigue situarnos en los polvorientos campos de Carolina del Norte donde Ava creció, corriendo descalza por los caminos y cincelando su carácter indomable. De ahí pasamos a una simple fotografía en un escaparate, al distraído hombre que la vio allí y se dijo que esa chica merecía una oportunidad en el cine, a la inseguridad de los comienzos y a su boda con un chico tan feo como simpático: Mickey Rooney.
feb
‘Cara de ángel’ (1952)
Cuentan que, durante el rodaje de Cara de ángel, Otto Preminger ordenó repetir varias veces una toma en la que Robert Mitchum debía abofetear con fuerza a Jean Simmons. El director creía que Mitchum no se estaba empleando con la suficiente dureza y éste se sentía cada vez más cohibido ante las marcas que sus manos estaban dejando en el rostro de Simmons. Así que al final Mitchum perdió los nervios, cogió a Preminger de la pechera y ¡zas!, le arreó una sonora bofetada seguida de su típico comentario sarcástico: “¿Así le parece bien?”
Por supuesto que Preminger montó en cólera y ordenó a Howard Hugues, mandamás de la RKO, que expulsara a Mitchum del rodaje de manera inmediata. Pero Hugues se puso de parte del actor; le caía bien y creía ver en él una especie de alma gemela. Así que Preminger tuvo que tragar. Por lo demás, la película se llevó a cabo sin mayores contratiempos.
Cara de ángel es una tardía obra de cine negro con algunos ecos de Retorno al pasado. Mitchum es Frank Jessup, un conductor de ambulancias incapaz de sentar la cabeza junto a su adorable novia Mary (Mona Freeman) que conoce y se enreda con una joven de alta sociedad, Diane (Jean Simmons). La chica se comporta de forma egoísta, escudándose en la represión que según ella ejerce su madrastra Catherine (Barbara O’Neil) con su querido padre, Charles (Herbert Marshall). Frank se da cuenta de lo peligroso que resulta estar junto a una niña mimada y paranoica, pero escapar de la telaraña le va a costar más de lo que puede imaginar.
dic
‘Encrucijada de odios’ (1947)
En 1947, Estados Unidos había ganado la guerra pero tenía serios problemas internos. Uno de ellos era qué hacer con la enorme cantidad de soldados depresivos que había dejado el conflicto bélico, gente que había sido adiestrada para el combate y que, de repente, se encontraban sin un objetivo por el que luchar, sin más enemigos que los espejos en los que extraviaban su mirada. El alcohol, el adulterio y la violencia eran soluciones a corto plazo que empeoraban todavía más sus particulares angustias emocionales.
Otro grave problema de la sociedad americana era el antisemitismo, que se había instalado también en Hollywood mediante el siniestro código Hays. Corrían historias alucinantes sobre los judíos, sobre cómo se habían librado de acudir al frente, sobre por qué sus negocios iban viento en popa y sobre sus extrañas relaciones con el diabólico comunismo. Algunos, como Edward Dmytryk, no resistieron la presión y delataron a otros compañeros para escapar de las listas negras.
Éstos son los dos temas fundamentales que trata Encrucijada de odios, si bien hay que resaltar que la novela original no habla del odio hacia los judíos, sino hacia los homosexuales; demasiado para el cuerpo del señor Hays. Protagonizada por los tres Roberts de la RKO (Young, Mitchum y Ryan), la película se desarrolla en clave detectivesca después de que un judío sea asesinado de una paliza brutal. Tres miembros del ejército americano que ahogaban sus penas en un bar son los sospechosos; mención especial para el capitán Mitchell (George Cooper), cuya historia personal es realmente conmovedora.






















