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Ronald Reagan y James Dean, cara a cara en televisión
La noticia de la semana en lo que al cine clásico se refiere ha sido el hallazgo de un vídeo en el que dos personas tan antagónicas como Ronald Reagan y James Dean comparten una secuencia cargada de tensión. Wayne Federman, guionista de la NBC, estaba buscando material de archivo para un reportaje que se emitirá el año que viene con motivo del centenario de Reagan cuando se topó con este duelo entre el conservador ex presidente de los Estados Unidos y el icono rebelde del cine americano.
Las imágenes corresponden a un episodio de ‘General Electric Theater’, programa de la CBS que cada semana emitía un capítulo presentado y/o protagonizado por Reagan, y en el que participaron estrellas de Hollywood como Cary Grant, Jane Wyman, William Holden, Judy Garland, Groucho Marx o Fred Astaire. En concreto, este episodio -el duodécimo de la tercera temporada- se emitió el 12 de diciembre de 1954 bajo el misterioso título de ‘The Dark, Dark Hours’; desde entonces, había permanecido oculto en los archivos de la CBS.
‘The Dark, Dark Hours’ fue dirigido por Don Medford, un especialista de la televisión que con el tiempo añadiría a su curriculum series como ‘La dimensión desconocida’, ‘Las calles de San Francisco’, ‘Colombo’ o ‘Dinastía’. En el reparto, además de Reagan y Dean, se encontraban Jack Simmons y Claudette Colbert, aunque la mujer que aparece en estas imágenes es Constance Ford.
Quizá sea por lo mal actor que era Reagan, o tal vez por los tics de Dean, o sencillamente porque juntarlos a los dos en un mismo plano es surrealista; el caso es que el vídeo provoca un poco de vergüenza ajena. Reagan interpreta a un médico que se ve asaltado por Dean; éste es un delincuente que le obliga a operar de urgencia a su amigo, gravemente herido. “No soy cirujano”, protesta Reagan. “Hazlo lo mejor que puedas”, contesta Dean. La operación -en la que Dean se pone a bailar frenéticamente, sin soltar la mano de su colega- es un fracaso y entonces sale a la relucir una pistola del calibre 12. En fin, no os cuento el final por si decidís echarle un ojo…
sep
‘Amarga victoria’ (1939)
Cada género cinematográfico tiene su rutina y su imaginería. Cuando uno ve un western, espera indios, vaqueros, duelos al sol, burdeles y paisajes desérticos. Si vemos un film noir, es probable que nos encontremos con asesinatos, mujeres fatales, sombríos detectives y persecuciones en coches negros a altas horas de la madrugada. En realidad no importa que estos elementos se repitan; la gracia reside en la profundidad de los personajes, en el guión original o adaptado y en la maestría del director a la hora de contarnos esa historia. Por ello hay tantas buenas películas con elementos comunes o similares.
Sin embargo, hay un género cuya idiosincrasia me resulta difícil de tragar: el melodrama. Sé que hay que aceptarlo tal como es, o sea, un género excesivo en el plano sentimental, donde los actores se muestran afectados permanentemente. Son historias románticas, poco agradecidas con la sutileza y la contención de sus personajes. Quieren poner la piel de gallina al espectador por la vía directa, mostrando sollozos, miserias y engaños, provocando ríos de lágrimas en el patio de butacas. Hoy en día está prácticamente desahuciado, quizá porque la aséptica sociedad en la que vivimos lo encontraría ridículo.
Hago esta pequeña reflexión como introducción a mi crítica de Amarga victoria para dejar claros mis prejuicios hacia el melodrama y, por tanto, la subjetividad con la que escribo estas líneas. Claro que, por otro lado, todas las críticas de cine son la opinión de alguien y cada uno les da la importancia que cree conveniente en función de la valía del crítico en cuestión, cosa que no soy ni, de momento, aspiro a ser.












