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28
Dic

‘La mujer del año’ (1942)

La mujer del año

El concepto de química es muy propio del cine clásico. Ahora se usa bastante menos, o esa es la sensación que yo tengo. Quizá porque antes había más parejas que repetían en series de películas y que terminaban siendo naturales para el espectador: Humphrey Bogart y Lauren Bacall, Robert Mitchum y Deborah Kerr, Fred Astaire y Ginger Rogers, etc. La relación -profesional e íntima- entre Spencer Tracy y Katharine Hepburn comenzó en 1942 con ‘La mujer del año’, una irregular comedia romántica dirigida por George Stevens que sirvió para que los tórtolos repitieran en ocho ocasiones más hasta el año 1967.

La leyenda dice que Hepburn tuvo mucho que ver en la génesis de ‘La mujer del año’. Primero se hizo con los derechos de un guión que habían escrito los desconocidos Michael Kanin y Ring Lander Jr., para luego revendérselo a Louis B. Mayer. La actriz no reveló el nombre de los guionistas hasta que Mayer soltó la pasta, seguramente porque de haber sabido que no eran dos figuras, habría negociado a la baja. Y, puestos a pedir, la decisión más sorprendente fue renunciar a su director favorito -George Cukor- porque pensaba que Tracy necesitaría “alguien con quien poder hablar de béisbol”. Así que el elegido fue otro George -Stevens- que ya la había dirigido en ‘Sueños de juventud’ (1935).

Está claro que Hepburn estaba como loca por hacer aquella película y es que, entre otras razones, el papel le iba como anillo al dedo. Su personaje era una periodista llamada Tess Harding, una mujer avanzada a su tiempo que conseguía entrevistarse con políticos de primer nivel, que viajaba continuamente y que contaba con un asistente personal -el relamido Gerald, encarnado por Dan Tobin- para organizar su apretadísima agenda. La señorita Harding está en todas partes, es válida tanto para enviar una crónica desde el frente aliado como para hacer un discurso en una convención feminista; sólo tiene un punto flaco: el periodismo deportivo.


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3
Oct

La ‘mafia’ irlandesa de Hollywood

James Cagney en Al rojo vivo

Irlanda fue uno de los países extranjeros con mayor representación en el Hollywood clásico y es probable que ocupara el número 1 del ránking en términos proporcionales. El origen de este hecho radica en la hambruna de la patata de mediados del siglo XIX, que obligó a millones de irlandeses a cruzar el Atlántico para sobrevivir. La mayoría fue a parar a los peores barrios de Nueva York, Boston o Chicago; en poco tiempo engordaron los índices de criminalidad, lo que les hizo ganarse una mala fama que contrastaba con su perserverancia para salir a flote bajo cualquier circunstancia. Las actividades de la mafia, especialmente durante la Prohibición, contribuyeron a modelar la imagen camorrista y embustera de este pueblo que, sin embargo, jugó un papel crucial en el desarrollo de los Estados Unidos.

En los años treinta, muchos actores y directores afincados en Hollywood tenían en sus venas sangre irlandesa, aunque como es lógico la mayoría habían nacido en Estados Unidos. Entre ellos se encontraban Frank McHugh, Pat O’Brien, Lou Calhern, Jimmy Gleason y los dos más importantes: Spencer Tracy y James Cagney. Era un grupo de actores que sentía orgullo por su origen irlandés y que por ese motivo tenían una afinidad especial. Se reunían una vez por semana, comían juntos, tomaban unas copas y despotricaban contra la industria del cine.

Nada que objetar hasta que al columnista Sidney Skolsky -que había sido el primero en llamar Oscar a un premio de la Academia- le dio por escribir que esas reuniones eran propias de la mafia irlandesa. Según Skolsky, aquellos hombres conspiraban contra los grandes estudios y se aseguraban buenos contratos gracias a su poder de influencia, actuando como un ‘lobby’ implacable. Pero la realidad era bien distinta y mucho menos atractiva.


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Jun

‘San Francisco’ (1936)

San Francisco (1936)

Aunque nunca hayamos estado allí, todos sabemos lo que pasó en San Francisco el 18 de abril de 1906. A las 5 horas y 12 minutos de la mañana, la ciudad fue arrasada por un escalofriante terremoto que alcanzó los ocho grados en la escala de Richter, acabó con la vida de tres mil personas y dejó sin hogar a casi trescientas mil. Muchas de las víctimas consiguieron sobrevivir al temblor pero no a los incendios y desplomes que se produjeron después.

Una catástrofe de este tipo -y más en Estados Unidos- significaba un claro argumento para rodar una película. Al cumplirse los treinta años de la tragedia, la Metro-Goldwyn-Mayer invirtió más de un millón de dólares en rodar San Francisco, poniendo al frente del reparto a una de sus principales estrellas: Clark Gable, secundado por la soprano Jeanette MacDonald, el ‘padre’ Spencer Tracy y el tío de los hermanos Marx, Al Shean. La dirección corrió a cargo de W. S. Van Dyke, pero dicen que recibió ayudas de D. W. Griffith y Eric von Stroheim. El resultado final me ha decepcionado un poco, bien es verdad que esperaba otro tipo de película.

La historia comienza en la Nochevieja de 1905, cuatro meses antes del terremoto. San Francisco se nos presenta como una ciudad bohemia, depravada, con clubes nocturnos en cada esquina y autoridades corruptas que hacen la vista gorda ante la venta de alcohol o las partidas de póker. Blackie Norton (Clark Gable) es el dueño de uno de los clubs más prósperos, un hombre poderoso pero a la vez solidario con sus vecinos, hasta el punto de contratar a una joven cantante de ópera que se ha quedado en el paro. A priori no es la artista que debería cautivar al público de su local, pero ya se encargará él de cambiarla; lo importante es que tiene buenas piernas.


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19
Oct

‘Furia’ (1936)

Spencer Tracy

Obsesionado con la idea de poner el concepto de justicia contra la pared -como ya hiciera en M: el vampiro de Düsseldorf con el asesino pederasta interpretado por Peter Lorre- Fritz Lang inició su etapa americana con una película que cuestiona el papel de los inocentes ciudadanos ante delitos presuntamente evidentes. En Furia, Spencer Tracy da vida a Joe Wilson, un tipo honrado que regenta una gasolinera junto a sus hermanos con el objetivo de ganar dinero para casarse con su novia Katherine (Sylvia Sidney), que se ha marchado a la capital por motivos laborales. Tras un año de sacrificios, Joe reúne el dinero suficiente y emprende la marcha sin saber que no llegará a su destino; la policía le confunde con el secuestrador de una niña, le encarcela para dar ejemplo y el pueblo da rienda suelta a su locura quemando la cárcel. A ojos del mundo, Joe Wilson ha fallecido linchado por la multitud; pero la vida le dará la oportunidad de vengarse.

“La diferencia entre un asesino y un inocente es el control de nuestros impulsos”, afirma uno de los personajes de Furia; en otras palabras, para Fritz Lang todos somos asesinos en potencia. Un linchamiento público supone la excusa perfecta para liberar esos impulsos, porque escondemos nuestra cobardía entre la multitud protectora y anónima. Lang incluye en el film un dato escalofriante: entre 1887 y 1936 hubo más de seis mil linchamientos masivos en los Estados Unidos, de los cuales apenas 800 acabaron en juicio… A pesar de que la Constitución los prohibe y avisa de que los participantes pueden correr la misma suerte que el linchado.


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Oct

Las mejores parejas de la historia

Robert Redford y Paul Newman

Con motivo del estreno de Asesinato justo, que protagonizan Robert de Niro y Al Pacino, The Times ha publicado un informe sobre las 20 mejores parejas de la historia del cine. No se limita a actores, sino que también habla de directores, productores y otros miembros de los créditos de cualquier película. Esto de las listas es muy subjetivo, pero en Plumas de Caballo nos hacemos eco porque cuatro de las cinco primeras parejas pertenecen al periodo clásico. Saltándonos el binomio formado por George Lucas y Dennis Muren, que ocupan el tercer puesto, la clasificación está encabezada por:

5. Marilyn Monroe y Lee Strasberg: a juicio de The Times, la rubia platino acertó de lleno al apuntarse a las clases que impartía el inventor del Método, que redefinió su estilo de actuación en los años previos a los grandes taquillazos de Marilyn.

4. Robert Redford y Paul Newman: inventores del concepto de química en la gran pantalla. No sólo por guapos, sino por buenos actores. Ahí quedan obras del calibre de Dos hombres y un destino (1969) o El golpe (1973).

2. John Ford y John Wayne: el Oeste, Estados Unidos. Así de grandes eran Ford y Wayne. Tanto como su leyenda. Desde La diligencia (1938) hasta El hombre que mató a Liberty Valance (1961), pasando por la imperecedera Centauros del desierto (1956).

Y, por último…


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