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‘La jungla de asfalto’ (1950)
‘La jungla de asfalto’ es una de esas películas que siempre se citan entre las mejores del cine negro estadounidense. Dirigida por John Huston en 1950 a partir de un guión de Ben Maddow, es el relato ominoso y crepuscular de unos ladrones que tratan de escapar de su decadencia planeando un golpe espectacular, una apuesta a todo o nada, para hacerse con unas joyas valoradas en más de medio millón de dólares. El plan está trazado por un frío criminal de raíces alemanas llamado Doc Riedenschneider (Sam Jaffe), que ha pasado siete años en la cárcel rumiando la manera de vengarse de la policía y escapar a México para gozar de su fortuna.
Doc no quiere dejar nada a la improvisación y ha planeado el atraco hasta el último detalle. Es más, tras contactar con Cobby (Marc Lawrence), el sudoroso enlace de los bajos fondos, decide ser él mismo el encargado de elegir a los hombres que estarán a sus órdenes, así como la parte del botín que les corresponderá. Los elegidos son Gus Minissi (James Whitmore), el jorobado propietario de un solitario restaurante; Bob Brannom (Brad Dexter), un experto en forzar cerraduras que quiere ganar dinero para alimentar a su mujer y a su bebé; y Dix Hanley (Sterling Hayden), un hombre que abandonó el rancho familiar de Kentucky para triunfar en la gran ciudad y que ahora sólo quiere volver a cuidar de sus caballos porque sabe que se está hundiendo en esta jungla de asfalto.
Pero Doc tiene un pequeño problema. Necesita financiación, alguien que garantice el sueldo de los atracadores por adelantado y la infraestructura necesaria para llevar a cabo el robo. Cooby le recomienda acudir al señor Emmerich (Louis Calhern), un presunto abogado que ha amasado una fortuna a costa de relacionarse con los criminales más buscados de la ciudad. Emmerich es un ser mezquino que actualmente engaña a su convaleciente esposa con una joven que podría ser su nieta (Marilyn Monroe). Pero lo peor de todo es que es un farsante, porque el creciente control de la policía le ha ido haciendo perder dinero y está, prácticamente, en la bancarrota. Su voluntad de ayudar a Doc no es más que un farol, una huida hacia adelante en la que intentará llevarse el botín sin repartirlo con nadie.
Todos los personajes del relato destilan un aire de fatalidad innegable. Son personajes profundos que se están asfixiando poco a poco y que luchan por respirar como peces fuera del agua. Todos tienen problemas que afectan al desarrollo de sus actividades criminales: negocios que se hunden, mala conciencia por plantarle los cuernos a su esposa, necesidad de llevar dinero a casa para no defraudar a su familia o, en el caso de Dix, simplemente encontrar el modo de saldar las deudas pendientes y volver al origen, donde todo era limpio y hermoso.
feb
‘Johnny Guitar’ (1954)
Fue a principios de 1953 cuando Joan Crawford compró los derechos de la novela de Roy Chanslor ‘Johnny Guitar’. Sabía que en esas páginas había material de primera para rodar una película y que ella sería la protagonista perfecta. Con esta condición cedió los derechos a la Republic Pictures, que otorgó el papel de villana a Mercedes McCambridge; Crawford pataleó como protesta -ella prefería a la dócil Claire Trevor- pero tuvo que conformarse. Nicholas Ray fue elegido director y Sterling Hayden encarnó al hombre de la guitarra. El resultado fue un western atípico, con una trama tan enrevesada y oscura como la de un ‘film noir’ y algunas escenas y diálogos que son puro melodrama.
El excelente guión de Philip Yordan nos pone en situación con una larga y tensa primera secuencia en la que se van poniendo las cartas sobre la mesa, a menudo con insinuaciones y sutilezas muy bien trabajadas. Joan Crawford interpreta a Vienna, una mujer que, después de innumerables sacrificios -más adelante deja claro que ha tenido que abrir sus piernas a medio Far West para ganar el dinero que posee- ha conseguido abrir un casino en una zona desértica, a priori sin futuro alguno; pero Vienna sabe que en pocos meses llegará la vía del ferrocarril y que alrededor de su negocio florecerán miles de hogares. Mientras tanto, sus placeres son escuchar el sonido de la ruleta girando y olfatear los platos que prepara el viejo Tom (John Carradine) en la cocina.
Pero Vienna no es querida en estas tierras. Su presencia se ve como una amenaza para quienes ostentan el poder y, además, es acusada de colaborar con una banda que asalta diligencias cerca de la nueva ruta del ferrocarril. En su contra juega el hecho de que tuvo un romance con uno de los presuntos criminales, Dancin’ Kid (Scott Brady).
No hay pruebas concluyentes que la puedan enviar a la horca, pero tampoco tiene la seguridad de que no se las inventarán (¿otra alegoría de la caza de brujas?). Sabe que necesita protección y por eso se pone en contacto con un hombre recién salido de la cárcel, un tipo introvertido, de pocas palabras, alto como una torre y con una guitarra colgando de sus anchas espaldas. Aunque no lleva ningún arma, Vienna sabe de lo que es capaz. Ninguna mujer le ha conocido tan profundamente como ella.




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