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Vincent Price, el terror elegante
“A veces creo que personifico el inconsciente oscuro de la raza humana. Sé que suena mal… pero me encanta.”
De no haber sido un adicto al tabaco, Vincent Price quizá habría evitado morir de un cáncer de pulmón el 25 de octubre de 1993, a los 82 años. Y, quién sabe, a lo mejor este viernes 27 de mayo de 2011 aún estaría entre nosotros, preparado para cumplir 100 años. Pero, como lamentablemente no es así, tenemos que conformarnos con este post de homenaje a un actor de los denominados ‘de culto’ por su protagonismo en las películas de terror de bajo presupuesto de los años 50, 60 y 70.
La imagen recurrente de Price, cuya figura es habitual en el Festival de Sitges (donde fue premiado en dos ocasiones), es la de un tipo altísimo (1,93 m), de porte severo, vestido con una elegante levita negra. Solía lucir un fino bigotillo por debajo de la nariz y tenía una mirada entre perversa y socarrona. Otra de sus marcas de fábrica era un timbre de voz muy grave, reforzado por la siseante pronunciación de las palabras que salían de su boca y con las que podía meterte el miedo en el cuerpo o, por el contrario, engatusarte con una frase llena de ironía.
Price nació el 27 de mayo de 1911 en San Luis, Missouri, como hijo del presidente de una productora de caramelos (quién sabe si eso influyó en que, al hacerse adulto, desarrollara una increíble pasión por la cocina). Tuvo una educación de primera categoría, ya que estudió Historia del Arte y Bellas Artes en Yale y en Londres. Luego se mudó a Nueva York y, a partir de 1935, empezó a actuar regularmente en Broadway y en las radionovelas.
Su primer papel importante en el cine llegó en 1939 como secundario de Boris Karloff en ‘La torre de Londres’, pero aún tardaría más de una década en afianzarse como un actor válido para el cine fantástico o de terror. Mientras tanto se curtió en melodramas como ‘Laura’ (Otto Preminger, 1944) y ‘Que el cielo la juzgue’ (John M. Stahl, 1945), ambos protagonizados por Gene Tierney. Price volvería a coincidir con esta guapísima actriz en ‘El castillo de Dragonwyck’ (Joseph L. Mankiewicz, 1946), una cinta gótica de poca calidad pero en la que ya dejó patente que lo suyo eran los personajes oscuros, malévolos y atormentados.
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‘El último hombre sobre la Tierra’ (1964)
Con motivo del centenario de Vincent Price, que tendrá lugar el próximo 27 de mayo, vamos a rescatar una de las películas de su extensísima filmografía: ‘El último hombre sobre la Tierra’, dirigida por Ubaldo Ragona y Sidney Salkow en 1964. Se trata de la primera adaptación a la gran pantalla de un apocalíptico relato de Richard Matheson que ha sido exportado numerosas veces tanto al cine como a la televisión. Las adaptaciones más famosas son las de ‘El último hombre… vivo’ (1971) y ‘Soy leyenda’ (2007), que estuvieron protagonizadas por dos actores tan dispares como Charlton Heston y Will Smith, respectivamente.
La novela ‘I am Legend’, publicada en 1954, narra la historia del doctor Morgan, único superviviente humano de una devastadora plaga que ha matado a millones de personas y que ha convertido al resto en vampiros. El doctor Morgan vio cómo su propia hija y su esposa fueron víctimas del virus sin que ni él ni ninguno de sus compañeros de laboratorio fueran capaces de encontrar una vacuna. Desde entonces vive pertrechado en casa, rodeado de espejos, ristras de ajo y estacas, saliendo a la calle sólo cuando luce el sol, cada vez más pesimista ante la idea de hallar algún otro humano. Su vida es absolutamente monótona, pero sabe que si rompe la rutina será pasto de los vampiros… así que se refugia en la resignación y en los recuerdos.
Problemas de financiación retrasaron la adaptación de ‘I am Legend’ durante casi una década. Al final la película tuvo que ser rodada en Italia y vio la luz como resultado de la inversión que hicieron la productora Regina y la API. Se le asignó un presupuesto bastante limitado que impidió la contratación de un director de prestigio (se llegó a hablar de Fritz Lang), aunque al menos se pudo asegurar la presencia de un Vincent Price que demostró sus tablas y su profesionalidad, por mucho que Matheson no le encontrara creíble para el personaje.
La decisión de rodar en blanco y negro quizá fuera también producto de la escasez de dinero; sin embargo, la elección no podía haber sido más acertada. La ausencia de color combinada con una iluminación onírica y las calles vacías, nos permiten entrar en el juego propuesto por Matheson sin tomárnoslo a guasa. A ello contribuye la voz en off del propio Price, sus cansinos movimientos por la ciudad, el hastío con el que se desprende de los vampiros que rodean su casa. En definitiva, una atmósfera fatalista más que lograda que realza el valor general de ‘El último hombre sobre la Tierra’, pese a los excesos de la banda sonora compuesta por Paul Sawtell y Bert Shefter.
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‘Que el cielo la juzgue’ (1945)
Hace casi tres años, en el antiguo Plumas de Caballo, hice un pequeño comentario de ‘Que el cielo la juzgue’, película dirigida por John M. Stahl que está considerada como una de las obras maestras del melodrama de los años cuarenta. De hecho, es el film más conocido de un Stahl que, según los libros de historia del cine, compartiría el trono del género junto a Douglas Sirk. Pues bien, en este post me gustaría profundizar más en la historia protagonizada por Gene Tierney, no sin antes avisaros de que hay varios SPOILERS -por si todavía no la habéis visto.
‘Que el cielo la juzgue’ se basa en una novela escrita por Ben Ames Williams en 1944, adaptada por Jo Swerling y producida por la 20th Century Fox. No es un melodrama al uso, sino que combina elementos románticos con otros más propios del cine negro, lo que le hace brillar con luz propia frente a otras películas similares. En este sentido, cabe resaltar el fuerte contraste que existe entre la negrura de la trama -con algunas escenas realmente escalofriantes- y el exuberante Technicolor utilizado para el rodaje. Es un film rural -o rústico- porque se desarrolla en localizaciones donde la naturaleza juega un papel esencial, alejándose de la brutalidad urbana tan típica del noir. Y también es un film luminoso: aquí no hace falta esconderse en callejones oscuros ni esperar a la caída del sol para cometer actos impuros.
La guapísima Gene Tierney realiza en ‘Que el cielo la juzgue’ el mejor papel de su corta carrera, sólo igualado por los de ‘Laura’ (1944) y ‘El fantasma y la señora Muir’ (1947). Tierney encarna a Ellen Berent, una mujer mentalmente desequilibrada que acude a un rancho de Nuevo México para esparcir las cenizas de su padre, recién fallecido. Desde el primer momento, desde esa mirada perdida que nos hace reír de puro nerviosismo- sabemos la dependencia que tenía Ellen respecto a su progenitor. Y descubrimos también que la relación con su madre (Mary Philips) y con Ruth, su hermanastra (Jeanne Crain), no es ni mucho menos igual de fluida. Así pues, es casi obligatorio compadecerse de lo que le espera al escritor Richard Harland (Cornel Wilde) cuando Ellen le pone los ojos encima porque le recuerda muchísimo a papá. Tanto es así que deja tirado a su prometido, el político Russell Quinton (Vincent Price), para casarse con él.















